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¿Qué son los cuentos de tradición oral? — Básicos I

Una àvia explica contes a un grup de nens i adults

Vassili Maksímov, Cuentos de la abuela, 1867.
Galería Estatal Tretiakov. Dominio público.

El corazón de Llegendàrium son los cuentos. Pero ¿qué clase de cuentos? ¿Cuentos folclóricos? ¿Cuentos de tradición oral? ¿Qué diferencia hay entre estos términos y qué significan? ¿Acaso no existen también cuentos escritos, como los de Perrault o Andersen? ¿Cómo se transmiten? ¿Y por qué algunos siguen vivos y otros no? Más aún, ¿qué es el folclore? En este artículo, el primero de una serie dedicada a los conceptos básicos de la folclorística, intentaré responder a estas y otras muchas preguntas relacionadas.

Qué es el folclore… por decirlo de alguna manera

Empecemos por el folclore, un concepto que siempre ha resultado difícil de definir, incluso para los especialistas. Las primeras definiciones del término, hacia mediados del siglo XIX, sostenían que el folclore era una especie de esencia espiritual conservada por la gente pobre del medio rural. Impregnadas de pensamiento romántico e idealismo alemán, presentaban el folclore como aquello que hacía la gente mayor del campo y del bosque, una forma de vida en vías de desaparición que, según se creía, hundía sus raíces en el pasado de un pueblo. Esta visión sentimental, idealizada y, más adelante, nacionalista sigue siendo compartida por buena parte del público.

Al evadirse mentalmente de una vida urbana que ha disgregado las comunidades en individuos solitarios y los ha aplastado bajo el peso de trabajos alienantes y una propaganda psicológica masiva, se tiende a pensar, como aquellos viejos poetas románticos, que el folclore es un refugio para el alma asediada. Es aquello distinto y hermoso que hacían los abuelos y que se ha perdido o está desapareciendo, una vida imaginada como más sana, más auténtica, más próxima a la naturaleza, con menos preocupaciones y, por qué no, más «mágica». Y los cuentos que se explicaban debían contener, necesariamente, enseñanzas secretas y perdidas capaces de abrirnos las puertas de ese mundo antiguo, más verdadero que el nuestro.

Como es lógico, doscientos años después, esa vieja concepción romántica del folclore se ha revisado, discutido y ampliado ampliamente. Aun así, hay en su idealización algo hermoso que no tiene por qué descartarse por completo, la capacidad de imaginar, crear, formar comunidades y conectar con algo más grande que nosotros mismos a través de las historias que nos contamos. Además, muchos lectores llegan inicialmente a los cuentos populares y a sus distintos géneros movidos por ese sentimiento poético. Solo por eso merece la pena mantener encendida la llama en estos tiempos oscuros de progresiva digitalización de la vida… aunque sea un poco más.

Dejando a un lado esa visión telúrica e idealista, la definición deliberadamente amplia que adoptaré en Llegendàrium es que el folclore es una forma profundamente humana que tienen determinados grupos de compartir creencias, cultura, juegos, información o tradiciones, siempre de manera creativa, mediante la palabra, la música, las costumbres, los comportamientos y los objetos materiales, entre otras formas. Cada grupo puede tener su propio folclore —por ejemplo, quienes ejercen un oficio, los habitantes de un pueblo, una cultura o una asociación—, y una persona puede pertenecer a varios grupos que compartan o no elementos folclóricos.

Por otra parte, el folclore suele ser informal y se sitúa fuera del ámbito elitista de la cultura y de la cultura de masas. Puede ser contracultural o no, pero a menudo es extraoficial y ajeno a las instituciones. El acto de creación y representación que tiene lugar cuando los miembros de un grupo comparten su folclore, actualizándolo con el tiempo mediante un proceso interactivo y dinámico en transformación constante, es tan fundamental como aquello que se narra. También depende del contexto del grupo o comunidad, con sus lógicas, creencias, experiencias compartidas y costumbres internas. Por último, el folclore de cada grupo o comunidad es una parte estructural de su identidad, que ayuda a sus miembros a definirse, situarse en el mundo y constituirse como colectivo diferenciado (Sims y Stephens 2011).

Pero debo acotar el término, porque en Llegendàrium no hablo de cualquier clase de folclore, sino específicamente del folclore narrativo o verbal. Este comprende una gran cantidad de géneros, como chistes, anécdotas, historias personales, familiares y locales, charlas y cotilleos que pasan de padres a hijos, apodos, costumbres verbales o materiales como «tocar madera» y muchísimos más. Delimitando aún más el campo, en Llegendàrium trataré ciertos géneros del folclore narrativo, quizá los más clásicos y queridos por todos, los llamados cuentos, entre ellos los cuentos populares, las leyendas, las fábulas, las baladas cuando están musicadas y algunos géneros menores.

Un compendio de la experiencia humana

Un cuento puede ser, sencillamente, una narración escrita breve. Pero, por lo que respecta a los cuentos de tradición oral, creo que la mejor definición general que puedo ofrecer es que constituyen un compendio de vivencias transmitido a lo largo de cientos de generaciones por todos los pueblos del mundo. Desde el nacimiento de la «conciencia», sea lo que sea eso, cuando empezamos a relacionarnos de manera simbólica, nos hemos legado unos a otros un inmenso conjunto de experiencias de todo tipo codificadas en relatos. Esta herencia hace que existan cuentos para cada una de las experiencias que hemos vivido, vivimos y podemos llegar a vivir. También para nosotros, hoy, en el siglo XXI.

Hay cuentos centenarios, incluso milenarios. Otros apenas tienen unos meses y desaparecen casi tan pronto como surgen, sobre todo en nuestra época. Algunos son antiguos y, de alguna manera, reaparecen con ropajes y formas nuevos, aunque su núcleo narrativo sea arcaico. Viejos o recientes, todos responden a nuestras emociones y pensamientos, y podemos reconocernos en ellos. Por ejemplo, en todas las épocas ha habido personas que han necesitado esperanza en los momentos difíciles y, por eso, existen cuentos de esperanza. Tampoco deben desdeñarse los cuentos cuyo propósito es entretener. Todo el mundo ha querido reír o sentir miedo alguna vez en su vida, y por eso los cuentos humorísticos y los de terror son tan antiguos como la humanidad.

Por mucho que el cinismo occidental nos diga que ya lo hemos visto todo y estamos de vuelta de todo, no es así. La humanidad puede haber cambiado en cuanto a la tecnología, las herramientas que utiliza, la ciencia y la medicina, e incluso, quizá, en su forma de interpretar el mundo y de mirarse a sí misma. Pero hay vivencias que persisten a lo largo de los milenios. Todo el mundo ha amado o sufrido un desengaño. Todo el mundo ha padecido abusos o los ha ejercido. Todo el mundo ha sufrido injusticias y accidentes terribles que parecen no tener sentido, o ha disfrutado de milagros del azar y de la buena fortuna. Todo el mundo ha amado y odiado, envidiado y deseado, se ha equivocado y ha luchado por reparar sus errores o, abatido, se ha dejado arrastrar por la tragedia. En el siglo XXI y en la prehistoria. Todo eso, y mucho más, está en los cuentos.

A lo largo de los siglos, el tamiz de la transmisión oral ha filtrado en los cuentos las pepitas de oro de la experiencia humana. Ha descartado elementos, incorporado otros y concentrado en relatos a menudo alegóricos o metafóricos lo que han sentido y pensado las personas de todos los continentes. Todos los pueblos del mundo han contado historias hechas de mil miradas, de mil voces que resuenan en cada uno de nosotros. Como escribió el folclorista estadounidense William A. Wilson refiriéndose al folclore en términos generales, gracias a él podemos conocer qué significa ser humanos. «Es el intento de descubrir las bases de nuestra humanidad compartida, los imperativos de nuestra existencia humana, lo que sitúa el estudio del folclore en el centro mismo de las humanidades» (Wilson 1988, pp. 157–158).

Un narrador de tradición oral cuenta una historia a un grupo de oyentes

Giandomenico Tiepolo, El narrador, 1773–1777.
Blanton Museum of Art. Dominio público.

Los cuentos en la narrativa de tradición oral

Los cuentos pertenecen a la «narrativa de tradición oral», concepto formado por tres componentes, cada uno de los cuales plantea problemas de definición. El primero es «narrativa».

«Narrar» consiste en contar un hecho, mediante una estructura más o menos dramática, a otra persona o a un grupo de personas. La «narrativa» es el conjunto de hechos narrados. A menudo adopta una estructura tripartita —introducción, nudo y desenlace—, pero esto no constituye una ley universal. Hay géneros minoritarios, de los que hablaré más adelante en esta serie de conceptos básicos, en los que esa estructura no aparece o queda muy distorsionada. Las leyendas, los cuentos populares, las fábulas y las baladas, los cuatro géneros que más trataré en Llegendàrium, pueden presentar la estructura clásica, pero también formas mucho más breves, acumulativas, episódicas o abiertas. En el caso de los cuentos, la estructura tripartita clásica sí es la más frecuente (Aristóteles, Poética, 1450b) y, por muchos motivos, encaja con el funcionamiento de nuestro pensamiento y con la mirada que proyectamos sobre la vida y sobre nosotros mismos. (Campbell 2008, primera parte, caps. I–III)

La segunda palabra es «tradición». Probablemente sea la más problemática y debatida de las tres. En Llegendàrium, y como criterio de trabajo propio, entenderé por tradición un hecho transmitido con continuidad que contiene una serie de valores compartidos por un mismo grupo humano, una comunidad. No se trata, sin embargo, de un criterio universalmente aceptado en la folclorística contemporánea. Sims y Stephens (2011) proponen entender la tradición tanto como lo que se transmite como el proceso dinámico de transmitirlo, seleccionarlo y recrearlo. El concepto clave es la continuidad, que puede abarcar generaciones o, a veces, simplemente años o meses. Handler y Linnekin (1984) llevan esta idea más lejos. La tradición no es un objeto delimitado que se herede intacto, sino un proceso de interpretación mediante el cual el presente selecciona y reconstruye el pasado de acuerdo con los intereses del grupo humano que la mantiene. Por ello consideran demasiado simple la oposición entre tradiciones «auténticas» y «espurias» o falsas.

Más allá de las muchas interpretaciones que se han hecho y se hacen de la tradición, cuando una comunidad reconoce una práctica o un cuento como propio, este suele formar parte de su identidad, ya se trate de un barrio, de una localidad o de una comunidad cultural más amplia, como un país. La comunidad siente su tradición y su corpus de relatos tradicionales como propios y únicos, lo sean o no. También acostumbra a pensar que la tradición es antigua y que sus cuentos tienen siglos de historia, aunque no necesariamente sea así.

Lo que sí existe es una identificación entre tradición y comunidad. La tradición participa de lo que sus miembros son y de cómo se relacionan entre sí y con otras comunidades. El etnólogo francés Jean Cuisenier lo resume al definir la tradición como «un modo de transmisión y apropiación de saberes, prácticas y valores» dentro de un grupo humano (Cuisenier 1995, p. 100). Por tanto, si antes hemos dicho que los cuentos tradicionales tienen una dimensión humana universal, también tienen otra ligada a una comunidad cultural y a valores muy concretos. Es decir, a una forma de entender la vida y de relacionarse entre sí y con el mundo. Por eso pueden leerse en multitud de niveles, desde el más universal, como los sentimientos o ideas que compartimos todos los humanos, hasta el más particular y local, ligado a valores específicos de una cultura determinada. Esto último se aprecia especialmente en las leyendas, no tanto en los cuentos populares.

El último componente es «oral». Este parece el más sencillo. Quiere decir que una narración se ha transmitido de viva voz de una persona a otra que la escucha. A pesar de esa aparente sencillez, suele ser el componente más olvidado o manipulado. En un primer momento los cuentos se transmitían oralmente porque la escritura todavía no estaba extendida. Esa transmisión podía ir acompañada de música, interpretación o teatro, como las sombras chinescas, o de soportes materiales, como aleluyas, pizarras y otros objetos o recursos pictóricos. Más adelante, la transmisión oral se mantuvo hasta épocas relativamente recientes porque la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. En la península ibérica y en otros lugares de Europa y América era habitual encontrar narradores ambulantes ciegos que contaban historias de toda clase, a menudo acompañados de un ayudante, de música o de una aleluya.

Sin embargo, muchas «tradiciones», cuentos o costumbres que hoy se presentan como orales nunca lo han sido. Y, en cualquier caso, la transmisión oral no es «pura». Debe tenerse en cuenta la influencia, a menudo decisiva, de otras formas humanas de comunicación y de arte, como la danza, la música, la religión o la literatura, con autores fundamentales como Straparola, Basile o Perrault, y hoy de formas narrativas más recientes, como el cine, los videojuegos o internet. Los cuentos y la narrativa de tradición oral en general no constituyen un mundo cerrado. Una narración puede pasar de la voz a la escritura, de la escritura a la pantalla y de la pantalla de nuevo a la conversación. Como cualquier actividad humana, está conectada con todo lo que son y hacen las personas, especialmente las que pertenecen a un mismo grupo o comunidad (Dundes 1965).

Por lo que respecta a la literatura, la transmisión oral y la impresa se han alimentado mutuamente durante siglos. Bottigheimer (2009), en una obra que en su momento provocó cierta polémica, cuestionó la idea de que el cuento de hadas literario proceda siempre de una tradición campesina anónima y exclusivamente oral. Zipes (2012), desde otra perspectiva, insiste en la capacidad de estas historias para adaptarse a medios y contextos nuevos, algo que tengo muy presente en Llegendàrium. Esta interacción no resta importancia a la narración oral. Al contrario, explica parte de su vitalidad. Son otras voces que circulan por el papel y se suman a las que van de boca en boca.

Esta perspectiva nos obliga a considerar la narración como un acontecimiento comunicativo, no solo como un texto. Bauman (1984) la entendió como una actuación comunicativa que cobra forma mediante la interacción entre los recursos expresivos, la competencia del narrador, los propósitos de los participantes y la situación concreta. Por eso cada ejecución puede modificar el sentido y la forma del relato. «La cualidad emergente de la actuación reside en la interacción entre los recursos comunicativos […] y los objetivos de los participantes, en el contexto de situaciones particulares» (Bauman 1984, p. 38). Así, dos transcripciones casi idénticas pueden haber tenido matices o significados distintos si las contaron personas diferentes, ante públicos diferentes o en circunstancias diferentes.

Thompson (1977) ofrece un amplio panorama comparativo de las formas del cuento tradicional y diversos conceptos sobre la tradición oral que, aunque han quedado anticuados en algunos puntos, siguen siendo válidos en otros.

«Está claro, pues, que un relato oral no tiene por qué haber sido siempre oral. Pero, cuando empieza a transmitirse de boca en boca, recibe el mismo trato que todos los demás relatos al alcance del narrador. Se convierte en algo que se cuenta a un público, o por lo menos a un oyente, no en algo que se lee. Sus efectos ya no se producen indirectamente por asociación con palabras escritas o impresas en una página, sino de manera directa, mediante la expresión facial y el gesto, la repetición y los patrones recurrentes que generaciones enteras han probado y considerado eficaces» (Thompson 1977, p. 5).

En Cataluña y en otros lugares de Europa, a esta definición se añade a menudo el término «popular». Históricamente se ha asociado «el pueblo» con las clases bajas por oposición a la aristocracia o a las clases altas. Pero esa identificación es demasiado estrecha para la folclorística actual. Dundes (1965) defendió que un folk puede ser cualquier grupo que comparta al menos un factor y desarrolle formas propias de tradición, por ejemplo una familia, un oficio, un barrio, una empresa o una comunidad digital. Por tanto, «popular» no significa únicamente rural, antiguo, moribundo, inferior y subalterno, o arraigado y superior, como se tendía a pensar en los inicios de la folclorística. Designa aquello que un grupo reconoce, recrea y transmite, teniendo en cuenta la gran diversidad de grupos humanos (Oring 1986).

Por otra parte, en los estudios académicos de Cataluña se utiliza a menudo un hermoso término para aproximarse al folclore, «etnopoética». Con él se propone estudiar las formas de arte verbal prestando atención no solo al texto, el elemento narrativo estudiado, la poética, sino sobre todo al contexto en que cobra vida (Oriol 2002) y a las particularidades del grupo humano que lo habita, el etnos.

Así pues, en Llegendàrium entenderé los cuentos como narraciones con una estructura dramática más o menos tripartita, contadas oralmente y de forma creativa a otra persona o a un grupo. Mediante la continuidad de su transmisión, pueden llegar a formar parte de la identidad cultural de una comunidad y de su manera de interpretar el mundo y relacionarse con él.

Además, la narrativa de tradición oral —el acto de contar historias, recordarlas, transformarlas y transmitirlas— forma parte de la experiencia humana. Por eso todo cuanto viven las personas la transforma. No hay fronteras completamente claras. A menudo son porosas y cambiantes. El folclore vivo cambia sin cesar y recibe influencias de todas partes. No es lo mismo que una pieza conservada en un archivo. Esta puede ser una fuente de enorme valor para el estudio e incluso volver a circular, pero el documento fijado no sustituye el acto de contar. Al mismo tiempo, para que una comunidad considere un cuento lo bastante valioso como para transmitirlo, debe poder reconocerlo como propio. Por eso la tradición es conservadora y dinámica a la vez (Sims y Stephens 2011). Para comprender esa tensión hay que examinar el marco en que nacen, se cuentan y se transforman los cuentos, la vieja obsesión por el contexto.

La importancia del contexto

Los cuentos suelen relatar hechos más o menos irreales o fantásticos —al menos en los cuentos maravillosos, aunque también existen cuentos realistas— que pueden expresar verdades, valores o conflictos compartidos. En el cuento maravilloso europeo, Lüthi (1982) mostró cómo la distancia con respecto a la realidad cotidiana permite abordar, mediante una forma estilizada, grandes cuestiones universales de la existencia humana. Como él mismo concluye, «En el cuento como forma vemos unidos los polos decisivos de la existencia, lo limitado y lo expansivo, la quietud y el movimiento, la ley y la libertad, la unidad y la multiplicidad» (Lüthi 1982, p. 78, traducción propia). Esta observación es útil para el cuento, pero no debe extenderse a todos los géneros. La leyenda, por ejemplo, suele ser más local y tiene una «fecha de caducidad» más próxima porque está más sujeta a los cambios sociales que el cuento. Pero, al mismo tiempo, acostumbra a estar todavía más cerca de la experiencia cotidiana. En cualquier caso, es fundamental atender al contexto de cada tradición narrativa y a las funciones que cumple para la comunidad que la mantiene viva.

Las tradiciones y los cuentos folclóricos, como las personas, no existen en el vacío, sino que se sostienen en un contexto humano concreto. Este marco está compuesto por multitud de elementos, como la situación económica de la comunidad, los oficios y las diferencias sociales, las creencias religiosas e ideológicas, los valores educativos, éticos y morales, la época, la tierra en que se vive —como realidad física, geológica y ecológica— e incluso el clima. Estas y otras condiciones materiales configuran buena parte del sustrato de las tradiciones. A su vez, las tradiciones interactúan con las demás prácticas de la comunidad y con las de las comunidades vecinas —en el mundo moderno, también con redes globales—, con las que hay intercambios constantes, incluso en condiciones de cierto aislamiento social. Por ejemplo, el folclore y los cuentos de las comunidades costeras presentan rasgos propios que los distinguen de los de los grupos humanos que viven tierra adentro. Los relatos de los círculos aristocráticos y de las clases altas también son distintos del folclore y las historias de las clases bajas o de las personas itinerantes. Esto no significa que no compartan cuentos, valores internos o elementos folclóricos, porque una misma persona puede pertenecer a varios grupos. Los propios grupos cambian e interactúan entre sí. Y, además, todos comparten su condición humana.

Dentro de esta estructura social, los cuentos adquieren distintos matices, se forman y transmiten de maneras particulares y cobran colores propios. Una comunidad siente un cuento como suyo porque su manera concreta de contarlo lo es. Aquí reaparece la relación entre lo universal y lo local, que debe considerarse en conjunto, pues ambas dimensiones son igual de válidas. No importa que el mismo cuento o la misma leyenda se cuenten en otras veinte comunidades. Cada una puede narrarlos con matices y valores nacidos de su propio contexto. Puede haber treinta, sesenta o cien versiones de El puente del Diablo o de Juan el Oso, pero cada una se cuenta de una manera particular en un pueblo o una familia concretos, como la contaba una abuela o un tío. La experiencia humana se mueve en círculos expansivos, desde lo más íntimo hasta lo más lejano. Esos niveles conservan lazos de parentesco que deben leerse atendiendo a los detalles que los diferencian, porque resulta tan fascinante lo que une a todas las versiones como lo que hace única a cada una de sus voces.

Para que una comunidad —sea una familia o un país— mantenga viva una tradición, esta debe encajar suficientemente bien en un contexto siempre cambiante. En muchos lugares del pasado, los cambios podían ser graduales. En otros, las conquistas, las epidemias, las migraciones, las transformaciones económicas o los desplazamientos forzosos los aceleraban de forma traumática. Los cambios en la tradición oral pueden producirse a lo largo de décadas o siglos, pero también muy deprisa. En cualquier caso, las generaciones que transmiten los relatos no siempre son conscientes de ellos. Una forma puede parecer que «siempre ha sido así» cuando la memoria viva ya no alcanza las versiones anteriores. Sobre esto, el profesor alemán Hermann Bausinger escribió que «La tradición no consiste en buscar y desenterrar el pasado, sino en una transmisión y una entrega continuadas» (Bausinger 2005, p. 98). Para Bausinger, la antigüedad por sí sola no define una tradición. De hecho, invierte la relación causal. Un cuento no es importante para un grupo porque se haya transmitido durante siglos, sino que puede transmitirse durante mucho tiempo precisamente porque los grupos lo consideran vinculado a su identidad y siguen actualizándolo. Para ello, los cuentos y las tradiciones en general deben cumplir funciones concretas.

Dos investigadores graban música tradicional con un fonógrafo durante una misión de investigación en un entorno rural

Misión de investigación de la Obra del Cançoner Popular de Catalunya.
CEDOC. Licencia CC BY-NC-ND 2.5 ES.

Las funciones de los cuentos

En este artículo no hablaré de las funciones internas de la narración que estudió el influyente folclorista ruso Vladímir Propp (1895–1970) en Morfología del cuento (1928), sino de las funciones sociales de los cuentos, el lugar que ocupan para quienes los narran y escuchan y el papel que desempeñan en la comunidad que los cuenta. Para Propp, una función es una acción definida por su lugar en la trama. Aquí, en cambio, empleo «función» para referirme a lo que hace la narración en la vida social. Explorar lo que significa un cuento para un grupo y, por tanto, la importancia que tiene para sus miembros es una vieja cuestión del funcionalismo que sigue vigente.

Cuando el contexto cambia, ya sea por transformaciones sociales graduales o por un hecho violento y repentino, las tradiciones pueden adaptarse conservando parte de su estructura y sus significados, transformarse hasta significar algo distinto o dejar de transmitirse. No hay un único mecanismo que explique estos procesos, pero las funciones que cumple una tradición son fundamentales para entender su persistencia, transformación o desaparición. Hay que tener presente, además, que los cuentos no suelen transmitirse oralmente de forma lineal, sino que incorporan materiales de aquí y de allá en un proceso dinámico constante. Partiendo de la definición de Bausinger, el folclorista Günter Wiegelmann añade que la tradición implica transmitir bienes y valores culturales de una generación a la siguiente. Para Wiegelmann, el proceso de transmisión y el contenido transmitido pueden ser distintos, porque la transmisión puede ser pasiva o activa. Una práctica se mantiene porque «siempre se ha hecho así» o se adopta deliberadamente porque se considera valiosa (Wiegelmann 1977).

Pero, se mantenga o se adapte, la supervivencia de una narración y su transmisión continuada dentro de un grupo están estrechamente vinculadas a las funciones que desempeña. De este modo, cuando una tradición se repite simplemente porque «siempre se ha hecho así» y se ha olvidado la razón, suele ser un síntoma de envejecimiento cultural. Probablemente el grupo que la transmite se encuentre en una situación demográfica y cultural agonizante, no haya sabido adaptar la tradición a sus circunstancias actuales y, por tanto, esta haya perdido las funciones que cumplía para él. Entonces, la tradición o el cuento se convierte en un objeto decorativo que se percibe como rancio y, finalmente, deja de transmitirse al desaparecer ese grupo rígido, que tampoco ha logrado crear formas nuevas adaptadas al contexto actual. A veces esta última etapa coincide con la comercialización de tradiciones vaciadas de sentido, convertidas en objetos de consumo rápido y performativo. En esa situación, la identidad se vuelve una máscara que se vende, se compra, se usa y se desecha en cuanto llega otra más atractiva.

Del mismo modo, Gerndt advierte que las hipótesis sobre los orígenes, la antigüedad y las transformaciones de los cuentos deben seguir siendo provisionales, y sitúa su valor en la vigencia que tienen hoy. «En última instancia, los cuentos obtienen su valor de su existencia en el presente, no de su pasado» (Gerndt 2024). Por eso, hoy la comercialización de los cuentos o del folclore en general suele apoyarse en una nostalgia seudopoética más o menos disimulada, que presenta la narrativa tradicional como una manifestación del género fantástico y no como algo vivido y compartido. El resultado es parecido a vender objetos arqueológicos, piezas de museo que nadie siente realmente como propias, aunque se finja lo contrario mediante una idealización romántica y bastante cursi. Se quiere que sean reales, que estén vivas, que se transmitan pero, como la comunidad que las transmitía y su contexto ya no existen o dejarán de existir pronto, al mismo tiempo que se idealizan se rechazan sin decirlo y se relegan al infantilismo y a la decoración estética.

Las funciones son uno de los vínculos entre la tradición narrativa y la experiencia humana. Para que una comunidad mantenga viva una tradición, esta debe encajar en un contexto compuesto por muchos elementos y seguir siendo significativa. Debe hablar de la experiencia del grupo, de lo que viven sus miembros, de lo que desearían vivir o llegar a ser en un mundo ideal y también de lo que rechazan. En resumen, la identidad se construye en interacción entre lo vivido, lo que se es, lo que no se es, lo que se quiere ser y lo que no se quiere ser. La función identitaria de las tradiciones y, por tanto, de los cuentos puede cohesionar a un grupo humano y diferenciarlo de sus vecinos, que a veces se presentan como aquello que el grupo no quiere ser. Esa oposición puede ser más o menos agresiva, como sucede entre dos pueblos o dos barrios vecinos, y participa en la construcción mutua de sus identidades. La función educativa transmite valores, desde los más básicos —la supervivencia, la prevención o la autoprotección, como en el cuento de Los tres cerditos—, dirigidos a menudo a la infancia, hasta los más sofisticados.

Estas dos funciones —identitaria y educativa— no son las únicas. Bascom (1965) distinguió cuatro funciones generales, el entretenimiento o la evasión, la validación de las instituciones y creencias de una cultura, la educación y el mantenimiento de las normas mediante la presión o el control social. No se trata de una clasificación exhaustiva. Hoy se queda bastante corta porque existen muchas otras funciones, pero ayuda a ordenar buena parte de los ejemplos. Las hay religiosas; las que alivian tensiones sociales y van más allá del entretenimiento, como ocurre con los chistes o los cuentos absurdos de personajes cómicos, a veces con matices subversivos y políticos; las que ayudan a afrontar hechos trágicos, como la muerte y la enfermedad; y muchas otras que pueden pasar más inadvertidas. Además, una misma narración suele cumplir más de una función y hacerlo en varios niveles.

Los cuentos en el mundo occidental

Si consideramos las tradiciones como organismos vivos, solo pueden cultivarse, crecer y prosperar si el contexto social y humano les ofrece condiciones favorables y si siguen teniendo algún sentido para quienes las practican. De lo contrario, mueren o nunca llegan a arraigar del todo. Actualmente, el contexto cambia a una velocidad que nos obliga a repensar qué entendemos por tradición e incluso por cuento. Esto no significa que la tradición haya desaparecido. Los estudios sobre el folclore contemporáneo muestran que también se crea y recrea en entornos urbanos, profesionales y digitales (Dundes 1965; Sims y Stephens 2011), y Dégh (2001) demostró la vitalidad de la leyenda en sociedades plenamente tecnificadas.

Ahora bien, algunas prácticas culturales consideradas tradiciones circulan como objetos de consumo banal o fetiches, sin un vínculo profundo con las raíces de quienes las consumen. En las sociedades occidentalizadas, la gran movilidad, la fragilidad de los vínculos, la destructiva alienación laboral y la mercantilización pueden favorecer que ciertas «tradiciones» se consuman, como he señalado, a modo de máscara personal, de atuendo performativo que mañana se cambiará por otro. Es en ese espacio donde las industrias culturales y las clases dirigentes pueden implantar o reforzar sistemas de valores o, en ausencia de ellos, sustituirlos por otros que parecen valores, pero están vacíos y existen para ser comprados y vendidos.

Una de las luchas sociales de nuestro tiempo enfrenta, por un lado, la tendencia hacia un individuo desarraigado y solitario, sometido a la producción en cadena, a la digitalización y al consumo adictivo de experiencias humanas vicarias a través de las pantallas y, por otro, el deseo de crecer, vivir y desarrollarse en comunidades unidas por afinidades compartidas, dentro de un entorno orgánico, personal y cercano, tanto en el corazón de la ciudad como en los pueblos más remotos. No es una oposición absoluta. Una misma persona puede formar parte de comunidades locales y digitales, y estas también pueden crear tradiciones vivas. Al fin y al cabo, los seres humanos vivimos contando y escuchando relatos. Nos construimos con las historias que contamos y oímos y siempre nos estamos narrando la historia de nuestra vida, con la que elaboramos nuestra memoria. (Bruner 1986, pp. 11–43) Solemos creer que el relato que nos hacemos de lo vivido es objetivo, porque así funciona la memoria, pero no lo es. Como en Rashomon, un mismo acontecimiento, vivido por cuatro personas distintas, da lugar a cuatro historias diferentes. (Bruner 1991)

Sea como sea, aquello que consideramos tradicional no puede mantenerse vivo solo por la voluntad de un colectivo. Perdura porque nace o arraiga en un sustrato —un contexto en el que cumple determinadas funciones— que le ofrece lo necesario para crecer. De lo contrario, como mucho, puede asemejarse a una planta de invernadero en una maceta, aislada y mantenida artificialmente mediante subvenciones o por un grupo cerrado que la riega y abona. Cuando nadie cuide de ella, quedará abandonada, se secará y morirá. Si el folclore narrativo nos ha demostrado algo a lo largo de los siglos, es su capacidad de adaptarse para seguir transmitiéndose, incluso en condiciones extremas, cuando se ha intentado manipularlo, censurarlo, someterlo a los intereses de la ideología dominante y, en general, instrumentalizarlo, aniquilarlo o condenarlo al olvido. Lo peor que puede ocurrirle es, sencillamente, que deje de transmitirse. Pero su capacidad de transformación es como una semilla. Aunque deje de transmitirse oralmente, puede pervivir en otros soportes y esperar el momento oportuno para volver a brotar. La imaginación forma parte de nuestra esencia más íntima. Aunque una legión de pantallas, mil pastillas y la propaganda más sofisticada apaguen nuestra capacidad de imaginar, volverá cuando regresen la lluvia y el sol.

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