El Cazador Salvaje en Lo somni de Bernat Metge
Autor desconocido, miniatura del Livre de chasse de Gaston Phébus, siglo XV.
Bibliothèque nationale de France. Dominio público.
El diálogo entre la cultura popular y la cultura de las élites ha sido una constante a lo largo de la historia. La literatura medieval es a menudo una construcción original y fascinante a partir de fuentes grecolatinas, bíblicas y de la tradición popular. De esta última proceden elementos pospaganos, sincréticos y cristianizados que conforman una rica tradición de géneros, con sus propios códigos y tópicos. La riqueza, la viveza y la originalidad de la literatura medieval contradicen ampliamente la imagen rígida y sombría que suele tenerse de la época. La literatura en lengua catalana tampoco quedó al margen de esta diversidad de géneros y formas narrativas. Lo somni es un claro ejemplo de ello.
Lo vemos en la escena que abre la obra. El espectro del rey Juan se aparece en la celda donde Metge se presenta como prisionero, acompañado de un séquito que evoca el imaginario del Cazador Salvaje. La escena reúne fuentes diversas, como ocurre en buena parte de la literatura de la época. Durante la Edad Media y la Edad Moderna, los motivos del Cazador [E501.1] y la Cacería Salvaje [E501] pasaron a la literatura popular y cortesana como tópicos sometidos a distintas transformaciones. En la literatura y la canción populares, el motivo apareció en los pliegos de cordel, el teatro callejero, las baladas y los romances, entre otras formas. En la literatura cortesana, a la que pertenece Lo somni, se empleó con fines políticos, satíricos o burlescos, como exemplum religioso con intención moralizante, a menudo en boca de predicadores, como escena recurrente de la literatura épica, generalmente bastante atenuada, o como elemento decorativo y exótico —a ojos de los cortesanos— de la cultura «campesina».
En esta entrada analizaré los elementos populares presentes en esta escena de Lo somni y presentaré otras leyendas de la época para compararlas con la obra de Metge.
El Cazador Maldito en Lo somni de Bernat Metge
Lo somni está considerada una de las obras maestras de la literatura medieval catalana. Fue terminada hacia 1399 por el escritor y cortesano barcelonés Bernat Metge (c. 1340–1413), secretario real y notario. Metge sigue la estela de las «Tres Coronas» del Renacimiento italiano —Dante, Petrarca y Boccaccio— y de obras clásicas como el Sueño de Escipión, de Cicerón, o la Consolación de la filosofía, de Boecio. Autor de gran erudición, recurre a la estructura clásica del diálogo. En este caso, sus interlocutores son un personaje que lleva su nombre y se encuentra en prisión, en alusión a experiencias personales, y el difunto monarca Juan I el Cazador, muerto poco antes, en 1396, en los bosques de Foixà, en el Empordà, durante una cacería (Metge 1959).

Retrato póstumo de Juan I el Cazador, 1634, basado en la serie de retratos de Filippo Ariosto de finales del siglo XVI.
Autor desconocido. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
La escena inicial de Lo somni dice así (Metge 1959).
«Se apareció ante mí un hombre de mediana estatura y semblante venerable, vestido de terciopelo carmesí, con la frente adornada de coronas dobles de oro y un sombrero rojo en la cabeza [el rey Juan]. Lo acompañaban dos hombres de gran estatura. Uno era un joven muy hermoso que llevaba una rota [un instrumento de cuerda] entre las manos. El otro era muy viejo y ciego, tenía una larga barba y sostenía un gran bastón. Alrededor de todos ellos había numerosos halcones, azores y perros de diversa clase, que lanzaban gritos y aullidos terribles».
Aquí encontramos submotivos como E501.1.1, un rey como Cazador Salvaje, y E501.4.1, perros en la Cacería Salvaje. Los dos «hombres de gran estatura» que acompañan al rey Juan son el poeta Orfeo, que descendió a los infiernos, y el adivino ciego Tiresias.
Los medievalistas Martí de Riquer, Lluís Cabré y Joan Mahiques, entre otros, han señalado las notables coincidencias entre el séquito espectral del rey Juan I y el Cazador Maldito. Lo más interesante es que, pese a las referencias clásicas y eruditas, la escena también parece cercana a la tradición oral y popular. Cabré, por ejemplo, observa que el «séquito aterrador formado por dos personajes infernales y un clamor de aves y perros se parece más al del conde Arnau o al del Cazador Maldito —y al de otros espíritus legendarios— que al de cualquier relato de la tradición clásica» (Cabré 2002, 55). Mahiques añade que «esta presencia alborotada de aves y perros sugiere la purgación de un alma errante sometida a persecuciones malignas, según el imaginario de la Cacería Salvaje o “Mesnie Hellequin”, una prueba más de que la aparición de Juan I se presenta como un purgatorio particular» (Mahiques 2005, 15). El parecido con la Cacería Salvaje reside sobre todo en el séquito espectral, los perros y el estrépito. Metge aprovecha estos elementos populares para representar un alma en pena junto a personajes y referencias procedentes de la tradición culta. Sin embargo, este paralelismo no significa que el autor siguiera directamente una versión oral concreta de la leyenda, sino que combina motivos populares y cultos, entre cuyas fuentes de inspiración figura la leyenda. Esta habría llegado a Metge de forma indirecta, principalmente a través de autores italianos, como veremos en la segunda parte de esta entrada, y probablemente también mediante la tradición oral.
En un sentido amplio, Lo somni puede leerse, entre otras cosas, como un intento de Metge de defender su inocencia ante el nuevo rey, Martín el Humano. Tras la muerte de Juan I y en medio de las intrigas cortesanas que la siguieron, varios miembros de su entorno fueron encarcelados. El propio Metge fue encarcelado bajo una acusación de corrupción. La obra es también un erudito tratado filosófico sobre la inmortalidad del alma, nutrido de abundantes fuentes clásicas, y una reflexión sobre acontecimientos políticos de la época, como el Cisma de Occidente. Aborda, además, muchos otros asuntos, entre ellos una mordaz crítica social. Por ejemplo, Tiresias censura las costumbres de las mujeres y Metge le responde defendiéndolas y criticando, a su vez, a los hombres. Así, nadie queda libre de culpa.
Al describir al condenado rey Juan, Metge alude a rasgos del difunto monarca que los primeros destinatarios de la obra, los miembros de la corte de Martín el Humano, conocerían bien. Destaca especialmente su afición a las fiestas, los banquetes, los juglares y otros entretenimientos cortesanos —también a la alquimia, la astrología y la magia, pero dejaré esto para otro artículo—. Aquí encontramos una singularidad notable. La originalidad de Lo somni no consiste en imaginar por primera vez un séquito real sobrenatural, pues la literatura medieval ya conocía figuras legendarias como el rey Herla y el rey Arturo, vinculadas a cabalgatas fantásticas. Más adelante, la tradición también asociaría este imaginario a soberanos históricos convertidos en personajes legendarios, como Barbarroja o Carlomagno.
Al modo de Dante, la singularidad de Metge reside más bien en aplicar ese imaginario a Juan I, un monarca histórico que había muerto hacía poco y al que el autor había conocido personalmente. Metge convierte una afición bien conocida del rey —la caza— en una pena purgatorial. No lo presenta propiamente como un cazador que encabeza una persecución eterna, sino como un difunto atormentado por los animales que habían formado parte de su antiguo placer. Un motivo folklórico se convierte así en una respuesta literaria a una muerte reciente y a las tensiones políticas que la siguieron. En este sentido, Metge se muestra como un autor moderno para su época, plenamente renacentista.

Rudolf Friedrich August Henneberg, Der wilde Jäger (El Cazador Salvaje), 1856.
Staatliche Museen zu Berlin, Alte Nationalgalerie / Andres Kilger. Dominio público.
La cacería eterna como purgatorio por los pecados
Metge presenta a Juan I como un hombre de mediana estatura, vestido con opulencia, con terciopelo carmesí y coronas de oro. También subraya que aquello que tanto le gustaba, la música y la caza, se ha convertido ahora en su tormento. Ambas cosas se reúnen en un mismo séquito, dominado por el ruido insoportable de los animales que en vida cazaba o le ayudaban a cazar. Aparecen motivos como E501.4.1.10, perros que aúllan y ladran en la Cacería Salvaje; E501.13.1, el ruido anuncia la Cacería Salvaje, y E501.13.4, los ladridos y aullidos de los perros de caza anuncian la aparición de la Cacería. La penitencia en el purgatorio por los pecados cometidos es uno de los temas centrales de Lo somni. La representación de los pecados del rey también puede leerse en relación con la posición de Metge ante la nueva corte. La pena de Juan I es temporal, un purgatorio. Sufre por sus pecados, pero no está condenado para siempre. Como observa Mahiques, el rey no podrá acceder a la gloria hasta que termine el Cisma de Occidente, que Lo somni vincula a las responsabilidades de los monarcas. Su purgatorio tiene, por tanto, una dimensión política (Mahiques 2005, 23).
Esta idea es característica de la época. La noción de que la caza puede ser causa de pecado aparece en diversos ejemplos religiosos y sermones, tanto anteriores como posteriores a Lo somni. Un exemplum que circuló por Europa y que se conserva en catalán en un manuscrito de comienzos del siglo XV, editado por Marià Aguiló en 1881 con el título Recull de eximplis e miracles, cuenta lo siguiente (Aguiló 1881, I, 81–82).
«Un caballero de Bona [probablemente Beaune, ciudad de Borgoña] era muy devoto y acogía a pobres y peregrinos. Tras morir, una vez purgados todos sus pecados, aún permanecía en el purgatorio únicamente porque en vida había cazado con gavilanes y otras aves. Por eso llevaba en la mano un azor que no dejaba de picotearla y roérsela, causándole un gran sufrimiento».
La caza no es un pecado en sí misma. Lo que estos ejemplos quieren mostrar es que una pasión desmedida por ella puede llevar a descuidar las obligaciones religiosas para con Dios. Lo mismo encontramos en ejemplos referidos a otras aficiones o adicciones, como los juegos de azar —entre ellos, los juegos de cartas—, el baile —que trato con detalle en Rondalles del Diable— o la bebida, así como a pecados como la gula, ligada a los banquetes, o la lujuria y la prostitución. En estos exempla religiosos, el pecado nace de prestar más atención al mundo físico y corporal que al espiritual, de apegarse a la materia de forma excesiva y desequilibrada.
En este sentido, Metge escribe más adelante (Metge 1959).
«Como yo disfrutaba mucho cazando —dijo él [el rey Juan]—, Nuestro Señor Dios ha dispuesto que estos halcones, azores y perros que ves a mi alrededor griten y aúllen amargamente ante mí a todas horas. Y como también me complacían mucho los cantores y ministriles [músicos], este hombre que sostiene la rota entre las manos [Orfeo] toca para mí sonidos discordantes, desagradables y ajenos a todo buen compás, medida y melodía».
Aquí se repiten expresiones que insisten en lo que acabo de comentar, «como yo disfrutaba mucho cazando» y «como también me complacían mucho». No se trata solo de que la afición a los placeres terrenales pueda llevar a una condena en el purgatorio. El ruido es habitual en la mayoría de los testimonios folklóricos sobre el Cazador Maldito y la Cacería Salvaje, pero Metge lo reutiliza como instrumento de crítica política. Una vez más, transforma el motivo popular para incorporarlo a un comentario satírico. El ruido se opone a la música que tanto gustaba al rey Juan. Esa oposición remite a pecados que los lectores cortesanos de la obra probablemente conocerían, aunque Metge no los explicita en estos pasajes. La idea general es retratarlo de acuerdo con la propaganda de la nueva corte, como un rey indolente, licencioso y pecador que descuidó el reino.
Entre otras combinaciones de motivos cultos y populares, encontramos una idea que recuerda la repetición interminable del tormento como castigo [Q501], tan frecuente en la mitología clásica. La pena del rey Juan, sin embargo, está cristianizada. Es purgatorial, no eterna como la de Tántalo o Sísifo. Otro motivo aparece al comienzo del sueño de Metge, un viernes hacia la medianoche, hora que también encontramos en relatos de aparecidos y que recuerda el motivo E587.5, un fantasma vaga a medianoche. En otras tradiciones, los fantasmas vagan hasta el canto del gallo [E587.3] o quedan apaciguados por él [E452]. Thompson recoge asimismo motivos semejantes asociados a la Cacería Salvaje [E501.11.1.1 y E501.11.1.2]. En Lo somni, sin embargo, el canto del gallo no pone fin a la aparición.
Otras leyendas afines
Todos los paralelismos citados se inscriben en un rico trasfondo de tratados medievales sobre aparecidos y penas del purgatorio, en los que el Cazador podía sufrir castigos por distintos pecados según la versión (Mahiques 2005). Por supuesto, la versión más cercana a nosotros es la del Cazador Maldito que abandona la misa para salir a cazar en el momento de la elevación de la hostia. Entre las muchas versiones relativamente próximas a Metge en el tiempo que vinculan el pecado con el Cazador figura la transmitida por el erudito y abad benedictino Johannes Heidenberg (1462–1516), conocido como Tritemio por su localidad natal, Trittenheim. Hoy se le recuerda sobre todo por sus obras sobre ocultismo, alguna de ellas prohibida por la Inquisición, como la Steganographia. Tritemio cuenta una leyenda que recuerda mucho a la del conde Arnau (McDonald 2018, Lecouteux 2011 77-78).
«El 21 de diciembre de 1354, Walram, conde de Spanheim, murió y fue enterrado. La noche siguiente, Gottfried, capellán de su castillo, “oyó en el bosque una voz semejante a la de un cazador que azuzaba a sus perros para perseguir una presa”. Un hombre envuelto en llamas, montado en un caballo negro, estaba rodeado por una numerosa jauría de perros negros y aterradores. El hombre le habló. “¡Señor Gottfried, no temáis! Soy el alma del conde Walram y sufro este castigo por el placer que hallaba en la caza y por haber devastado los campos y viñedos de mis siervos. Decidles a mis hijos que hagan celebrar treinta misas en treinta días para liberarme y que, durante ese mismo período, den de comer a treinta pobres”».
Un segundo testimonio, que no es un ejemplo religioso, sino que probablemente recoge una leyenda transmitida oralmente en la región, fue consignado por el franciscano Boissen, consejero del duque de Holstein-Gottorp, en la Crónica de Schleswig, en Alemania. La crónica relata acontecimientos hasta 1530, se conservó en forma manuscrita y no se publicó hasta 1730. Una de sus características es que se elaboró a partir de testimonios y fuentes de primera o segunda mano recogidos por el propio franciscano en el norte de Frisia. La leyenda que recoge Boissen dice así (Boissen 1730 597).
«Abel, segundo hijo del rey Valdemar de Dinamarca, hizo matar a su hermano en 1250 y murió en 1252 luchando contra los frisones. Fue enterrado en la iglesia de San Pedro de Schleswig, pero por las noches se oían allí unos estruendos que impedían a los canónigos cantar los salmos y las oraciones. Por ello, sacaron el cuerpo de la iglesia y lo sumergieron en un pantano del bosque de Pöle, cerca de Gottorp, con una estaca clavada a través del ataúd. Los ruidos cesaron en la iglesia, pero desde entonces se oyeron cerca de la nueva sepultura. Los viajeros nocturnos oían, entre otros sonidos, un cuerno de caza. También se decía que Abel se había aparecido a muchas personas, con el rostro y el cuerpo negros, montado en un caballo pequeño y acompañado de tres perros de caza que a menudo parecían estar en llamas». (Boissen 1730, 597)
En este testimonio se reconocen varias prácticas y creencias folklóricas documentadas en Europa central y oriental. Una de ellas es la creencia en muertos que, por los abusos cometidos contra otras personas, se convierten en almas condenadas que se alimentan de los vivos, uno de los antecedentes folklóricos de los vampiros modernos. De ahí que atraviesen el ataúd con una estaca y arrojen el cuerpo a una ciénaga o pantano, una práctica antigua documentada por la arqueología en varios países europeos. Al mismo tiempo, el componente vampírico se mezcla con el del Cazador Maldito.
En la segunda parte de este capítulo hablaré de varios relatos de cacerías infernales próximos a Lo somni, como los de Dante y Boccaccio.
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