El conde Guifré y el retorno del honor — Orígenes I
El conde Guifré en una miniatura de las Genealogías de los condes de Barcelona,
manuscrito 246, siglo XV. Biblioteca de Catalunya. Dominio público.
La leyenda de los orígenes del conde Wifredo el Velloso nos muestra que no todo aquello que parece una leyenda del pasado fue transmitido oralmente ni formó parte de una tradición generacional. Esto es así porque aquello que hoy llamamos leyenda podía cumplir, en el pasado, funciones que no tenían nada que ver con la imaginación popular. Con la leyenda de los orígenes del conde Wifredo nos encontramos ante uno de estos casos. Es un relato propagandístico típicamente medieval inspirado en hechos históricos que inventa o reescribe sobre otros, al tiempo que toma motivos folclóricos de la tradición oral y episodios de la literatura fantástica de su época. Y su transmisión, muy probablemente, nunca salió de ámbitos cortesanos, eruditos y aristocráticos. Era muy habitual en el pasado —y hoy, de una manera más sutil— recrear y manipular hechos reales para fundamentar ideas o intenciones políticas. A menudo, los encargados —monjes, eruditos, cortesanos, escribanos— seguían modelos o moldes precedentes que ya habían sido utilizados por otras casas nobiliarias europeas.
Muchos de estos modelos se inspiran en leyendas y cuentos que, estos sí, pertenecen a la tradición oral. Esto tiene un sentido práctico. Los oyentes o lectores cortesanos a quienes se dirigían estas leyendas «propagandísticas» ya estaban familiarizados con este tipo de relatos, que al mismo tiempo estaban revestidos de cierto prestigio. Estos relatos medievales no nacen de la nada: sus autores tenían una base cultural y educativa grecolatina, bíblica y popular que se refleja en sus elecciones narrativas. En el caso de las Gestes, la forma genealógica y cronística no es neutra, sino que contribuye a construir la continuidad del linaje y a legitimar su poder (Aurell 2005; Cingolani 2006). Este es el punto que más me interesa: el de las leyendas y motivos folclóricos precedentes que se utilizaron para articular la leyenda de los orígenes del conde Wifredo y la restitución del honor y el dominio de su linaje. Por ello, después de ver la leyenda íntegramente, exploraré las posibilidades comparativas con otros relatos cortesanos de su época.
A partir del siglo XIX, la época en que se forjan o refuerzan los fundamentos de la mayoría de los Estados nación europeos, los autores e ideólogos de la Renaixença utilizan una serie de relatos de las épocas medieval y moderna para proporcionar y recuperar la base de aquello que ellos llaman «el espíritu catalán», siguiendo las propuestas del idealismo alemán y el romanticismo europeo (Sunyer 2006). Algunas procedían de la literatura, otras de la religión o de la voz oral, como la de la Virgen de Montserrat, las canciones de Serrallonga o el Comte Arnau. Entre las literarias y cortesanas, algunas tuvieron más fortuna, como la leyenda de las Cuatro Barras de Sangre o los Nueve Barones de la Fama, que gracias a la Renaixença pasaron a la transmisión oral. Otras, como las de Guillem de Montcada, la Emperatriz de Alemania o esta, sobre los orígenes del joven conde Wifredo en busca de venganza y de la liberación de sus tierras de manos de los usurpadores, no gozaron de tanta repercusión popular y quedaron relegadas al ámbito de los eruditos, pese a ser igual de interesantes y poseer tanta o más fuerza que las anteriores.
Este proceso de selección y reelaboración del pasado encaja, parcialmente, con aquello que Eric Hobsbawm y Terence Ranger definieron como la «invención de la tradición». Que, como ellos mismos señalan, sea inventada no implica que tenga menos valor ni que sea menos leyenda (Hobsbawm y Ranger 1983). El profesor Magí Sunyer lo describe así: «Los últimos años de la década de 1850 y los primeros de la siguiente resultaron determinantes para el desarrollo de la Renaixença. Fue también entonces cuando la recuperación de la lengua catalana como instrumento apto para todos los usos se vinculó con el establecimiento de una galería de mitos nacionales y con la progresiva consolidación de una conciencia de pueblo que, con el tiempo, desembocaría en el catalanismo organizado.» (Sunyer 2008, p. 1) Es decir, como sucedió con cualquier otro pueblo europeo de la época, estas leyendas, procedentes de una multitud de fuentes orales y literarias, cantadas, escritas o recitadas, más o menos idealizadas o deformadas, fueron una parte fundamental de la estructuración del catalanismo. Si no a nivel político, sí a nivel artístico, sentimental y espiritual, tomando algunas mucha fuerza en el ámbito local y otras de manera colectiva.
Por eso inicio la serie de los orígenes con esta leyenda poco conocida por el gran público, pero fascinante, en la que, curiosamente, encontramos también el origen del sobrenombre de «Velloso» o Peludo. Son las narraciones que sentaron las bases del legendario catalán. He utilizado la versión primitiva de las Gesta Comitum Barchinonensium —las Gestas de los condes de Barcelona—, copiada entre 1180 y 1184. Es la primera versión conservada. El relato que sigue es una traducción propia, adaptada del texto latino editado por el profesor Stefano Maria Cingolani en su edición de 2012.
El retorno del honor
Hemos encontrado en las narraciones de los antiguos que hubo un guerrero llamado Wifredo [Wifredo de Arrià, padre del conde Wifredo], de la villa llamada Arrià, situada en el territorio del Conflent, a orillas del río Tet, cerca del monasterio de Sant Miquel de Cuixà. Este guerrero, muy famoso por su habilidad con las armas y por su sabiduría, obtuvo el condado de Barcelona del rey de Francia por sus propios méritos.
Pero un día sucedió que, cuando viajaba a Narbona para hablar con unos emisarios del rey acompañado de su hijo, llamado también Wifredo y conocido como el Velloso, se enzarzaron en una disputa con unos caballeros franceses y uno de ellos le tiró de la barba [hecho que, en aquella época, era considerado una grave ofensa al honor]. [Wifredo de Arrià] desenvainó la espada y mató a quien lo había ofendido. Por esta razón fue hecho prisionero y, cuando lo llevaban ante la justicia del rey, se produjo una nueva pelea. Deseando vengarse [los franceses] por haber sido hecho prisionero, se decía que lo mataron cerca del Puig de Santa Maria [actual Le Puy-en-Velay o Lo Puèi]. Su hijo, el niño Wifredo, que también había sido hecho prisionero, fue entregado al rey de Francia, a quien explicaron lo sucedido. Al rey no le agradó en absoluto y por ello [a causa de la injusticia y la falta de honor] predijo que el honor de Wifredo [sus títulos y tierras, su dominio] acabaría liberándose del reino de Francia.
Entonces el rey, que tenía al niño bajo su protección, según se contaba, procuró encomendarlo al conde de Flandes para que lo alimentara y educara. Cuando ya era adolescente, dejó embarazada a la hija del conde de Flandes sin que nadie lo supiera, salvo la madre de la joven, que descubrió lo ocurrido. La madre lo ocultó por vergüenza, no porque aprobara el hecho. Como no sabía qué marido podría dar ahora a su hija y temía que, si alguien llegaba a descubrirlo, la muchacha cayera en desgracia, encontró una solución: hizo jurar al joven que, si algún día recuperaba el honor de su padre, el condado de Barcelona, se casaría con su hija. Hecho el solemne juramento, lo vistió con el hábito de un pobre peregrino y lo envió, acompañado por una anciana, a buscar a su madre viuda en las tierras de Barcelona.
Su madre lo reconoció porque era peludo en partes del cuerpo donde los hombres no acostumbraban a serlo. Entonces convocaron a los nobles y barones de la tierra que habían conocido a su padre y que todavía le eran fieles. En secreto, la madre les mostró a su hijo. Los barones recordaron el grave deshonor y los engaños mediante los cuales había sido asesinado su padre, y cómo el joven había perdido su honor. Así, lo aceptaron como señor y le juraron fidelidad.
El día convenido, se reunieron con el joven en un lugar por el que sabían que debía pasar el francés Salomó, que era entonces conde de Barcelona. De acuerdo con el resto de los barones, el joven mató al conde delante de todos con su propia espada y obtuvo para sí, mientras vivió, el condado que iba desde Narbona hasta Hispania. Envió emisarios a Francia, tomó por esposa a la hija del conde de Flandes, tal como había jurado, y fue a recibirla el día acordado.
Gracias al consejo y al buen hacer de los amigos de la joven, consiguió recuperar la amistad del rey. Recibió de sus manos sus dominios y permaneció durante un tiempo en la corte real. Mientras todavía se encontraba allí, le llegó la noticia de que los musulmanes habían atacado sus tierras y las habían devastado. Se lo explicó al rey y le pidió ayuda para vencerlos. Pero el rey, que tenía problemas en otros lugares, no pudo prestarle auxilio. Sin embargo, accedió a su petición: si Wifredo lograba derrotar a los musulmanes por sí mismo y solo con los suyos, el dominio de Barcelona permanecería para siempre en su linaje. Hasta entonces, el condado nunca se había concedido hereditariamente, sino al señor que el rey de Francia escogía y durante el tiempo que consideraba oportuno.
Así, Wifredo reunió a los suyos y a una gran compañía de barones franceses, derrotó a los musulmanes, los expulsó de todos sus dominios y los empujó hasta las fronteras de Lleida. De este modo tomó posesión, por la fuerza de las armas, de toda la tierra recuperada. He aquí cómo el dominio de Barcelona pasó del poder real a manos de nuestros condes.

Fachada principal del monasterio de Santa Maria de Ripoll, centro monástico donde se copiaron y ampliaron las Gestas de los condes de Barcelona. Fotografía propia.
Origen y transmisión de la leyenda de Wifredo el Velloso
La versión primitiva de las Gesta Comitum Barchinonensium, como explica Cingolani (2012), fue copiada en varias fases. La leyenda que he recogido forma parte de los primeros capítulos, copiados por tres manos distintas entre 1180 y 1184. Tanto Cingolani como Miquel Coll i Alentorn, especialista que estudió las Gestes, coinciden en que el relato depende de materiales anteriores, entre los cuales habría textos como la Brevis Historia Monasterii Rivipullensis —la Breve historia de Ripoll—. Coll distinguía, dentro de estos materiales, entre la narración que supuestamente se transmitía antiguamente y aquellos documentos antiguos en los que aparece, se cita o se hace referencia a ella. Es decir, entre la leyenda, por un lado, y los documentos y libros, por el otro (Coll i Alentorn 1990). El propio texto nos indica a menudo que «se decía» o que así lo «contaban los antiguos».
No sabemos qué tipo de relato precedente era este. Si pertenecía a la tradición oral popular, a una tradición cortesana y literaria o a un espacio intermedio entre ambas. Coll era de la opinión de que la leyenda no pertenecía inicialmente a la tradición oral, sino que fue elaborada en Cuixà hacia 1130 y llevada posteriormente a Ripoll, donde se incorporaría a las Gestes. Cingolani (2012), aunque acepta la posible dependencia de materiales anteriores, también descarta que el relato sea resultado de una larga tradición oral. Lo que parece claro es que la leyenda que hemos visto presenta el aspecto de un resumen sintético de una versión precedente. Durante este análisis intentaré fundamentar esta hipótesis mediante algunos detalles.
El modelo de la versión primitiva en latín de las Gestes continuaría siendo copiado y ampliado en las cortes de los condes de Barcelona y de los posteriores reyes de Aragón, hasta dar lugar a tres redacciones principales: la primitiva latina, la versión intermedia latina hoy perdida —de la que deriva la traducción catalana— y la versión latina definitiva, continuada hasta el reinado de Jaime II. La versión intermedia es la que estabiliza los hechos de la leyenda de Wifredo, pero, salvo algunos detalles, no la modifica sustancialmente (Cingolani 2008; 2012). Otras crónicas la recogieron entre los siglos XV y XVII y añadieron nuevas escenas apócrifas, pero esas versiones no nos interesan ahora.
Coll i Alentorn, al igual que Ramon d’Abadal (1888–1970), consideraban que la leyenda no estaría fundamentada en ningún hecho real. Otros historiadores, como Pierre Ponsich (1912–1999), Joan Vilaseca o Josep M. Salrach (1945–2025), han defendido que podría contener elementos históricos deformados por la elaboración legendaria y los intereses políticos. Cingolani se sitúa en un punto intermedio. Afirma que la historia es mayoritariamente fantasiosa, pero que se levanta sobre hechos comprobables. Estos hechos habrían sido manipulados para que encajaran con una propaganda concreta, la que necesitaban las cortes de Ramon Berenguer IV y Alfonso el Casto para justificar su dominio y su potestad ante la nobleza, sus derechos sobre los territorios occitanos, los orígenes nobles del linaje, la oposición a los franceses y otras ideas políticas. Es, por tanto, como otras obras semejantes, una obra de legitimación dinástica y política (Cingolani 2006; Aurell 2005). Así, el mítico Wifredo de Arrià se habría construido hipotéticamente sobre la figura de Sunifredo, a quien la historiografía considera el padre real del conde Wifredo. Lo mismo ocurre con muchos otros detalles que, pese a no ser históricos, toman la historia como base.
Veamos un segundo ejemplo. El conde Wifredo (c. 840–897) —cuyo nombre aparece en los documentos con formas como Wifredus o Guifredus, probable latinización del germánico Wigfrid o de su forma gótica equivalente— reunió bajo su autoridad diversos condados y, tras su muerte, sus hijos los heredaron sin que el rey carolingio nombrara a un nuevo titular. Este hecho señala el inicio de la transmisión hereditaria de los condados, que antes dependían del nombramiento del rey. No fue hasta el gobierno de Borrell II (c. 927–992) cuando los vínculos con la monarquía franca se rompieron de hecho. Después de que Almanzor saqueara Barcelona en 985 y de que la ayuda franca no llegara, el ascenso de Hugo Capeto en 987 transformó el marco dinástico anterior. Así, la historiografía ha situado tradicionalmente la emancipación condal alrededor de 988, como fecha más o menos aproximada. Este episodio resuena en la leyenda con la negativa del rey franco a prestar ayuda, que no tuvo lugar durante el gobierno de Wifredo, sino durante el de Borrell II. Como explica la folclorista Linda Dégh (2001), la leyenda se define precisamente por la relación problemática que establece con la creencia y con la posibilidad de que los hechos narrados sean ciertos o no.
El modelo narrativo y los referentes europeos
En cuanto a los elementos y motivos folclóricos que la leyenda pueda contener, con la excepción de algunos especialistas se han tratado poco y a menudo se han considerado una materia secundaria y mucho menos importante que los hechos históricos. Ahora haré una breve incursión en ellos.
Desde el punto de vista del folclore, lo que resulta innegable es que la leyenda sigue un modelo épico e imaginario semejante al de muchas otras obras que se habían escrito y se seguían escribiendo por toda la Europa de la época, como las Gesta Normannorum ducum, de los siglos XI y XII, o las genealogías de los condes de Flandes del siglo XII. Estas obras recogían, a su vez, modelos carolingios y tardorromanos, como la Getica de Jordanes (siglo VI) o la Historia Langobardorum de Pablo el Diácono (c. 720–799). Cingolani (2012) sitúa explícitamente las Gestes dentro de esta tradición historiográfica europea. Sin embargo, a diferencia de estos modelos, soy de la opinión de que la leyenda catalana de Wifredo parece claramente expurgada de los elementos que más podrían interesarnos desde el folclore.
Estos elementos probablemente eliminados se entrevén en la estructura dramática de la leyenda, que responde a un modelo narrativo atemporal que todavía hoy se utiliza en películas, novelas, cómics y videojuegos. Un niño, Wifredo, ve cómo su padre es ultrajado y asesinado injustamente a causa de los intereses políticos y de la envidia de un traidor que quiere usurparle el dominio. Cuando crece, el muchacho busca venganza y consigue recuperar los títulos perdidos de su padre. Todo ello acompañado por una historia romántica y por motivos clásicos de las gestas caballerescas: el disfraz de pobre peregrino, la anciana acompañante, la doncella enamorada, la marca que lo distingue de todos los demás hombres, el antagonista mezquino —¿un tío?— y los barones nobles y fieles.
Es decir, la estructura se articula a través de la recuperación del honor perdido. Si la comparamos con otras crónicas de gestas que se extienden en los hechos mágicos y legendarios, como las mencionadas sobre los duques de Normandía o la más conocida Historia regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth (c. 1095–c. 1155), la diferencia es notable. Y existen otras leyendas de la misma tipología que se han conservado enteras hasta nuestros días. A través de ellas podemos ver cómo de esta estructura se habrían eliminado algunos episodios y reducido otros, quizá procedentes de una versión anterior. Además, un análisis lingüístico y dramático del relato muestra que está redactado con evidentes lagunas narrativas y frases claramente sintéticas, que también hacen pensar en una narración anterior más extensa.
Quizá los copistas de Ripoll se centraron en intereses políticos concretos y suprimieron elementos narrativos de aquel hipotético relato o conjunto de documentos precedentes mencionado por Coll. Tal vez estos resultaban incómodos porque parecían menos serios y, en general, restaban dignidad o credibilidad a las intenciones políticas de los copistas. Quizá el relato pasó también por una segunda fase de expurgación cortesana antes de ser dado por bueno. Así, la narrativa de la recuperación del honor se utiliza como justificación de la potestad condal sobre todos sus dominios, sin obstáculos fantásticos o exagerados que puedan reducir su seriedad.

Portada de la edición de 1514 de las Gesta Danorum de Saxo Grammaticus, obra que contiene la versión más antigua conservada de la leyenda de Amleth.
Edición publicada en París por Christiern Pedersen con el título Danorum Regum heroumque Historia. Dominio público.
Venganza, usurpación y reconocimiento
Sin embargo, el motivo folclórico central de la leyenda es el de la venganza filial [grupo H1228, aventura emprendida por venganza; H1228.2, el hijo sale a vengar la muerte del padre, y R54, el héroe permanece prisionero mientras el padre es asesinado]. Lo acompaña el motivo del héroe desposeído de su herencia legítima [L111.1, el exiliado regresa y vence; L111.4, héroe huérfano, y S322.0.1, un huérfano es desposeído de su herencia por familiares hostiles] (Thompson 1955–1958). Aquí volvemos a encontrar una mezcla de historia y ficción, como las dos que he mencionado anteriormente.
Al igual que Wifredo de Arrià/Sunifredo, Salomó, el antagonista, según Abadal o Cingolani, también se habría inspirado en un personaje real, el conde de Urgell y Cerdanya del mismo nombre, que sucedió a Sunifredo, hipotético padre real de Wifredo, al frente de esos dos condados. La posible relación de parentesco entre Salomó y la familia de Wifredo es discutida por la historiografía; entre otras hipótesis se ha dicho que eran hermanos y que, por tanto, Salomó era tío de Wifredo. Tras la muerte de Salomó, los condados de Urgell y Cerdanya pasaron a Wifredo. Toda esta sucesión de acontecimientos recuerda a los narrados por la leyenda. El padre, Sunifredo, muere y los hereda el tío, Salomó, pero finalmente son restituidos a manos del hijo de Sunifredo. No sabemos por qué no los heredó directamente Wifredo en lugar de Salomó; quizá porque todavía era demasiado joven y Salomó se ocupó de los condados hasta que alcanzó la mayoría de edad.
Los últimos condes de Barcelona nombrados por los reyes francos, Humfrid y Bernardo de Gothia, también protagonizaron conflictos con la monarquía, episodios que quizá resuenen en el relato. Pero en la versión que nos ha llegado faltaría un fragmento en el que Salomó usurparía el poder condal mediante el asesinato de Wifredo de Arrià. No se dice directamente que su muerte fuera una estratagema de Salomó. Este episodio se intuye cuando, más adelante, el joven Wifredo regresa y sus fieles le juran vasallaje en secreto. Por alguna razón, todo ello ha quedado elidido. Otro episodio que parece omitido es el posible cautiverio o control de la madre por parte del usurpador Salomó. Tampoco se nos explica por qué Wifredo tiene que viajar a Barcelona sin ser descubierto, por qué debe reunirse con los fieles de manera clandestina o por qué, si su madre todavía vive, no se comunica con él antes —debe hacerlo la condesa de Flandes, no él—.
Pero si el asesinato de su padre, Wifredo de Arrià, fue únicamente fruto de una pelea sin motivación política, y si no existió intencionalidad alguna por parte de Salomó, todo esto tiene poca lógica narrativa. En cambio, si la provocación de tirarle de la barba fue promovida por Salomó para que el señor de Arrià perdiera los estribos y cometiera una acción violenta que lo condenara y sirviera de excusa, como acaba sucediendo, todo lo demás cobra sentido. Se oculta la existencia de Wifredo para que el usurpador Salomó no lo mate también, como ha hecho con su padre. Esto queda reforzado cuando aparece el episodio del reconocimiento [grupo H150], es decir, cuando se quita el disfraz de pobre peregrino [K1810] y revela a los fieles su verdadera identidad.
La leyenda culmina con la victoria sobre el traidor [Q211, asesinato castigado], que se resuelve mediante la confrontación final. Tampoco se nos dice en la leyenda que Salomó sea pariente del señor de Arrià. Sospechosamente, apenas se nos dice nada sobre él. Pero si damos por buena la hipótesis de que el Salomó de la leyenda se construye sobre el personaje real y aceptamos la hipótesis del parentesco, se refuerza el motivo típico del familiar usurpador. No por casualidad, una de las leyendas europeas más tradicionales al respecto es la saga germánico-escandinava de Amleth —que inspiró el Hamlet de William Shakespeare (1564–1616) o The Northman, la película de Robert Eggers (n. 1983) de 2022—. La versión más antigua conservada se encuentra en las Gesta Danorum de Saxo Grammaticus (c. 1150–c. 1220), redactadas entre finales del siglo XII y comienzos del XIII. Sin embargo, podemos suponer que la leyenda de Amleth es mucho más antigua. En el relato de Amleth, el tío asesina al padre y usurpa su trono, mientras que el hijo se hace pasar por loco y débil hasta que puede ejecutar su venganza contra el usurpador.
El origen del sobrenombre Velloso y otras leyendas relacionadas
Un detalle importante de la leyenda es que el apodo de «Peludo», la marca que lo diferencia de los demás hombres [H50], si damos por buena la tesis de los historiadores que ya he citado, no sería propio del conde Wifredo histórico, sino que procedería directamente de esta leyenda —aparece por primera vez en la Breve historia—. Mucho más tarde, los románticos del siglo XIX recuperaron el sobrenombre y prefirieron la forma «Velloso» porque, para la mentalidad de la época, «sonaba más antiguo». La Breve historia de Ripoll es algo anterior a la versión primitiva de las Gestes y Coll afirma que está elaborada a partir de materiales procedentes del monasterio de Cuixà, concluyendo que la versión más antigua de la leyenda provendría del scriptorium de este monasterio. No puede saberse con certeza pero, por el molde que utiliza la leyenda, los motivos que emplea y su tipo de estructura narrativa, considero muy probable que no sea mucho más antigua que la versión primitiva, situándose entre los últimos años del siglo XI y la primera mitad del XII.
Sin embargo, considero que esta afirmación es muy débil, porque en ocasiones esta clase de detalles surgen de las leyendas, pero también las leyendas pueden desempeñar el papel inverso, mucho más habitual, de justificar mediante un relato más o menos fantasioso un hecho cuyo origen se desconoce o se ha perdido. Además, el cabello y el pelo tuvieron una enorme importancia colectiva entre los pueblos germánicos y escandinavos. Existen muchísimas leyendas y antropónimos que podrían citarse al respecto. Por ejemplo, el historiador romano Tácito (c. 56–c. 120), en la Germania, nos dice de la tribu de los catos o Chatti que: «en cuanto alcanzan la edad adulta, dejan crecer libremente el cabello y la barba, y no abandonan este aspecto particular hasta que han matado a un enemigo, porque mediante él se consagran y se comprometen al valor». Y de los suevos afirma: «El rasgo distintivo del pueblo consiste en llevar el cabello hacia un lado y sujetarlo con un nudo. De este modo los suevos se distinguen de los demás germanos y, entre los propios suevos, los hombres libres se distinguen de los esclavos». También señala que «cuando van a la guerra se arreglan de este modo para parecer más altos y terribles, y se adornan para los ojos del enemigo» (Tácito 1999, 31 y 38).
Más conocida es la leyenda de los Barbaslargas, la tribu o confederación de los longobardos. La versión más antigua conservada aparece en la Origo gentis Langobardorum, del siglo VII, y Pablo el Diácono la reprodujo posteriormente en su Historia Langobardorum.
La leyenda de los Barbaslargas
En una isla llamada Scadanan, situada en las regiones del norte, habitaban numerosos pueblos, entre ellos un pequeño pueblo llamado los winnilos. Entre ellos había una mujer llamada Gambara, que tenía dos hijos, uno llamado Ybor y el otro Agio. Ellos, junto con su madre Gambara, gobernaban a los winnilos.
Entonces los caudillos de los vándalos, Ambri y Assi, avanzaron con su ejército y dijeron a los winnilos: «O nos pagáis tributo, o preparaos para el combate y luchad contra nosotros». Ybor y Agio, junto con su madre Gambara, respondieron: «Es mejor para nosotros prepararnos para la batalla que pagar tributo a los vándalos».
Ambri y Assi, caudillos de los vándalos, pidieron entonces a Godan [Wotan, Odín] que les concediera la victoria sobre los winnilos. Godan respondió: «Concederé la victoria a aquellos a quienes vea primero cuando salga el sol».
Mientras tanto, Gambara y sus dos hijos, Ybor y Agio, que gobernaban a los winnilos, pidieron a Frea [Freya], esposa de Godan, que favoreciera a su pueblo. Frea les aconsejó que, al salir el sol, los winnilos se presentaran junto con sus mujeres, y que estas dejaran caer sus cabellos alrededor del rostro, a semejanza de una barba, y comparecieran al lado de sus hombres.
Al amanecer, cuando el sol empezaba a salir, Frea, esposa de Godan, giró el lecho en el que dormía su marido para que su rostro quedara orientado hacia el este y lo despertó. Cuando Godan miró, vio a los winnilos y a sus mujeres con los cabellos sueltos alrededor de la cara y preguntó: «¿Quiénes son estos Barbaslargas?»
Frea respondió a Godan: «Del mismo modo que les has dado un nombre, concédeles también la victoria». Y él les concedió la victoria, de modo que pudieron defenderse y vencer. Desde aquel momento los winnilos fueron llamados longobardos [Barbaslargas].
También resulta notable la leyenda incluida en la Heimskringla de Snorri, concretamente en la saga del rey noruego Harald Hárfagri, cuyo sobrenombre significa Hermosa Cabellera. Antes de completar la conquista de Noruega era conocido como Lúfa, en referencia a su cabellera descuidada o enmarañada, porque había jurado no cortársela ni peinársela hasta haber conquistado Noruega. Tras culminar la conquista, se corta y arregla el cabello y pasa a ser conocido como Hárfagri (Sturluson 1964, Haralds saga hárfagra, 4 y 23). Hay muchos otros caudillos y héroes escandinavos y germánicos cuyos sobrenombres hacen referencia al cabello y la barba, como el rey danés Sveinn Tjúguskegg, Barba Bifurcada; Þórólfr Mostrarskegg, Thorolf el Barbudo de Moster, héroe de gran valor y muy devoto del dios Thor; el islandés Járn-Skeggi, Barba de Hierro; o el más famoso Ragnar Loðbrók, Calzones Peludos (Cleasby y Vigfusson 1874, s. v. skegg; McTurk 1991). El propio dios Odín posee numerosos apelativos referentes a la barba y el cabello, como Hárbarðr, Barba Gris, Langbarðr, Barba Larga, entre otros. También encontramos a los dos héroes hermanos Haddingjar, nombre que se ha relacionado etimológicamente con la larga cabellera y que, en estudios comparativos, se ha puesto en relación con figuras divinas gemelares como los Dioscuros o los Ashvins (Clunies Ross 2022). Más próximos en el tiempo a Wifredo se encontraban los reyes merovingios, conocidos en las fuentes por sus largas cabelleras (Goosmann 2012).
Así, los cabellos largos y las barbas podían estar vinculados, entre otros aspectos, a la identidad colectiva, la condición social, el rango, la masculinidad o la madurez, la condición de guerrero y hombre libre, una apariencia terrible, los juramentos y las iniciaciones (Bartlett 1994; Clunies Ross 2022). También podían entrar en contacto con imaginarios animales: el oso, por ejemplo, ocupó durante siglos un lugar regio y numinoso dentro del bestiario europeo antes de que el león lo sustituyera progresivamente como rey de los animales (Pastoureau 2011). Que Wifredo llevara un sobrenombre relacionado con el pelo enlaza con una larga tradición germánica, fuera llamado así en vida o no, algo que no podemos saber. Si se trata de una incorporación legendaria posterior, como mínimo remite a esa tradición.
Amor, profecía y paralelos literarios
Otro elemento narrativo que parece truncado es el romántico [H1227, aventura emprendida antes de que el héroe pueda casarse]. La esposa real de Wifredo no fue ninguna doncella de Flandes, sino Guinidilda —documentada también con formas latinas como Winidildes, probablemente derivadas de un nombre como Gunnhild, Ingvild o similar—, cuyos orígenes familiares son discutidos y que dispuso de patrimonio y autoridad propios (Cingolani 2010). Sin embargo, en la leyenda se nos dice directamente que Wifredo dejó embarazada a la anónima doncella. El hecho de que personajes destacados como la joven o su padre carezcan de nombre tampoco parece casual. Esto los deja en un espacio indeterminado, imposible de corroborar históricamente. El tema del amor ilegítimo o furtivo, en este caso entre un joven pobre y sin tierras, de posición inferior, y la hija de un aristócrata muy poderoso, de posición superior, es muy característico de las narraciones del amor cortés y, en general, de las narraciones románticas hasta nuestros días.
Un ejemplo de la época lo encontramos en el Roman de Horn, de origen anglonormando y de finales del siglo XII. El héroe, Horn, ve cómo unos invasores matan a su padre y lo expulsan del reino. Exiliado junto con sus fieles amigos, se enamora de Rigmel, hija del rey de Bretaña. El amor clandestino queda condicionado por la diferencia de rango y por la necesidad de que Horn recupere las tierras y la identidad que le han sido arrebatadas. Otro ejemplo sería el romance francés Guillaume de Palerne, también del siglo XII. Guillaume es hijo del rey de Apulia; su tío intenta matarlo para apoderarse del reino y el niño crece lejos de la corte. Más adelante se enamora en secreto de Melior, hija del emperador, y ambos huyen porque ella ha sido prometida a otro hombre. Guillaume termina recuperando su verdadera identidad y su legítima herencia. Existen muchos otros ejemplos.
Como vemos, la leyenda de los orígenes de Wifredo está emparentada con leyendas como la de Amleth y con romances como el de Horn o el de Palerne. No corresponde de manera exacta a ningún tipo del índice internacional, pero el episodio de la profecía y del joven desposeído recuerda al ATU 930, La profecía —el joven pobre destinado a casarse con una doncella rica— (Uther 2004). Que el rey profetice es un motivo arcaico, propio de un imaginario en el que se atribuían a los monarcas facultades sobrenaturales, como curar mediante la imposición de las manos (Bloch 1973). Aquí, el rey anuncia que Wifredo liberará sus tierras del reino como consecuencia de la injusticia y el deshonor cometidos, que han quebrado el orden social medieval y los pactos sobre los que se sustentaba.
Una leyenda monacal y cortesana
En conclusión, siempre dentro del terreno de las hipótesis, sería una leyenda de origen monacal y cortesano destinada a cumplir una función propagandística, siguiendo un estilo y un molde semejantes a los de muchas otras «Gestas» de linajes europeos (Aurell 1998; Cingolani 2012). En el caso catalán, se toman hechos reales y se exageran o deforman en mayor o menor medida, como también ocurría en las demás Gestes. Por otro lado, también se utilizan elementos narrativos, episodios y motivos folclóricos habituales en las leyendas europeas medievales, principalmente de origen germánico y cortesano. Además, es probable que existiera una versión anterior más extensa, de la que únicamente conservamos posibles indicios en documentos como la Breve historia de Ripoll.
Sería mucho suponer que esta leyenda llegara a transmitirse oralmente entre el pueblo, y lo considero muy dudoso. Estirando mucho el argumento, la supuesta versión anterior quizá recogiera algún elemento de la tradición oral —tal vez difundido con una función propagandística por juglares y artistas de taberna y calle, pagados por la nobleza—, pero es una hipótesis arriesgada y con escaso fundamento. Lo que sí aproxima el relato a la narración oral es que muchos de los motivos empleados por los copistas, como hemos visto, son habituales en esta clase de narrativa. Es lo que suele suceder en la literatura medieval, donde se mezclan elementos cultos y populares, religiosos y profanos, grecolatinos y germánicos, bíblicos y cortesanos; la frontera entre voz y escritura no siempre es rígida (Zumthor 1987).
No fue hasta el siglo XIX, con la Renaixença, cuando se recuperó la leyenda de Wifredo el Velloso junto con muchas otras sobre los orígenes de Cataluña (Sunyer 2006). Sin embargo, a diferencia de otras leyendas cortesanas y propagandísticas, como he señalado anteriormente, la de los orígenes del conde Wifredo no tuvo la misma repercusión popular. La confusión entre el padre legendario, Wifredo de Arrià, y el padre histórico, Sunifredo, o el carácter sintético y esquemático del relato conservado podrían haber dificultado su recepción, pero no disponemos de suficientes elementos para atribuirlo a una causa concreta.
Más allá de esta recepción, la leyenda conserva un potente núcleo narrativo que permite volver a contarla: un joven desposeído, el asesinato del padre, el regreso a su tierra de origen, su liberación de manos del usurpador y la recuperación del honor. Son los conflictos que articulan el relato y lo conectan con otras narraciones europeas. La profecía, el exilio, el reconocimiento y la venganza filial no son únicamente recursos al servicio de la legitimación dinástica, sino que también dan forma a una historia con una gran fuerza dramática propia.
Una nueva adaptación podría partir de estos elementos, manteniendo el contexto medieval y distinguiendo los hechos históricos de la elaboración legendaria. No sería necesario trasladar la acción al presente ni desligarla de su origen, sino desarrollar los conflictos, los personajes y los episodios que la versión conservada presenta de manera esquemática. The Northman (2022), de Robert Eggers, ofrece un ejemplo de cómo una leyenda emparentada, la de Amleth, puede adquirir una magnífica forma cinematográfica a partir de la venganza filial y la recuperación del honor. En el caso de Wifredo, esta posibilidad de reelaboración es compatible con el estudio del sentido político y cultural que la leyenda tenía para sus autores medievales.
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