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Los hijos de los dos reyes (ATU 313) — Cuentos populares II

Il·lustració d’Elenore Abbott per a Els fills dels dos reis, un conte dels germans Grimm

Ilustración de Elenore Abbott para «Los hijos de los dos reyes», cuento de los hermanos Grimm, publicada en la edición de 1920 de Grimm’s Fairy Tales, de Charles Scribner’s Sons. Dominio público.

En la versión más sencilla de ATU 313, como la que vimos en Blancaflor, el cuento termina cuando los dos protagonistas escapan de los infiernos. Tras huir del ser maligno que mantenía cautiva a la joven mágica —es decir, el alma que el muchacho pierde al comienzo y debe recuperar—, regresan al mundo «real» y viven juntos para siempre.

En otra versión muy extendida de ATU 313, a la estructura principal se añade el motivo D2003, La novia olvidada. En la clasificación de Aarne-Thompson, esta combinación constituía el antiguo subtipo AaTh 313C. En la revisión de Uther quedó integrada en ATU 313. El motivo D2003 también aparece en la tradición catalana, por ejemplo en Es Castell d’Iràs i no tornaràs, recogido por Alcover. Puede incorporarse asimismo a cuentos de tipos distintos de ATU 313. Es frecuente, por ejemplo, en ATU 310, Rapunzel o La doncella de la torre. También puede constituir un relato independiente (Aarne 1930; Alcover 1996, 499–527; Goldberg 1992; Thompson 1955–1958, D2003; Uther 2004).

Un buen ejemplo del antiguo subtipo AaTh 313C, quizá uno de los más conocidos internacionalmente, es Los hijos de los dos reyes (KHM 113). Los hermanos Grimm lo publicaron en 1815, en el segundo volumen de la primera edición de los Cuentos de la infancia y del hogar, cuyo primer volumen había aparecido en 1812 (Artese 2019; Hermanos Grimm 2003, 374–380; Uther 2013; Zipes 2014). Es el cuento que podéis leer a continuación.

Los hijos de los dos reyes

Había una vez un rey que tenía un hijo. Según la posición de las constelaciones en el momento de su nacimiento, se predijo que un ciervo le daría muerte al cumplir los dieciséis años.

Cuando llegó a esa edad, un día salió de caza con los cazadores, pero se separó de ellos en el bosque. De pronto vio un ciervo enorme e intentó dispararle, sin éxito. El animal huyó y el muchacho lo persiguió hasta salir del bosque. Allí, donde esperaba encontrar al ciervo, se topó con un hombre altísimo y desgarbado que le dijo:

—¡Por fin he conseguido atraparte! He desgastado seis pares de patines de cristal persiguiéndote y nunca había logrado alcanzarte.

El hombre se llevó al príncipe por la fuerza y lo arrastró a través de un gran lago, en cuyo centro se alzaba un magnífico castillo real. Una vez allí, el príncipe tuvo que sentarse a comer con él. Terminada la comida, el misterioso rey le dijo:

—Tengo tres hijas. Quiero que esta noche vigiles a la mayor desde las nueve hasta las seis de la mañana. Cada vez que el reloj dé la hora, iré a llamarte. Si no me respondes, serás ejecutado al amanecer. Si me respondes, te daré la mano de mi hija.

La hija del rey habla con la estatua de san Cristóbal mientras el príncipe duerme

La hija del rey pide a la estatua de san Cristóbal que responda en lugar del príncipe.
Otto Ubbelohde, ilustración para Los hijos de los dos reyes, 1909. Dominio público. Fuente, Wikimedia Commons.

Cuando los jóvenes subieron al dormitorio, encontraron una estatua de piedra de san Cristóbal. La hija del rey le dijo:

—Mi padre vendrá a las nueve en punto y regresará cada hora hasta las seis. Si pregunta algo, quiero que respondas tú en lugar del príncipe.

El san Cristóbal de piedra asintió con la cabeza, primero muy deprisa y luego cada vez más despacio, hasta quedarse inmóvil.

A la mañana siguiente, el rey le dijo al joven príncipe:

—Lo has hecho muy bien, pero todavía no puedo darte la mano de mi hija. Esta noche vigilarás a la segunda. Después consideraré la posibilidad de darte a la mayor. Vendré cada hora y te llamaré. Debes responderme. Si no lo haces, correrá tu sangre.

El príncipe acompañó a la segunda hija al dormitorio. Allí había otra estatua de san Cristóbal, mucho más grande que la primera, y la joven le dijo:

—Si mi padre hace alguna pregunta, quiero que respondas.

El enorme san Cristóbal de piedra asintió con la cabeza, primero muy deprisa y luego cada vez más despacio, hasta detenerse. El príncipe se tendió en el umbral, se puso una mano bajo la cabeza y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, el rey le dijo:

—Lo has hecho muy, muy bien, pero todavía no puedo darte a mi hija. Ahora vigilarás a la pequeña. Después consideraré la posibilidad de darte a la segunda. Vendré cada hora y, cuando te llame, tendrás que responderme. Si no lo haces, correrá tu sangre.

Una vez más, el príncipe acompañó a la hija menor al dormitorio. Allí había un tercer san Cristóbal, mucho más grande y alto que los otros dos. La joven le dijo:

—Si mi padre pregunta algo, quiero que respondas.

La enorme estatua de san Cristóbal asintió durante casi media hora antes de detenerse. El príncipe se tendió en el umbral y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, el rey dijo:

—Sin duda has vigilado muy bien, pero todavía no puedo darte a mi hija menor. Tengo un bosque enorme. Si lo talas entre las seis de esta mañana y las seis de la tarde, consideraré la posibilidad de entregártela.

El rey le dio un hacha, una cuña y un pico de cristal. En cuanto el príncipe llegó al bosque y dio el primer golpe, el hacha se partió en dos. Tomó entonces la cuña e intentó golpearla con el pico, pero se deshizo en fragmentos tan pequeños como granos de arena. El príncipe se hundió en la desesperación, convencido de que ahora sí iba a morir. Se sentó y rompió a llorar.

Al mediodía, el rey dijo:

—Una de vosotras debe llevarle algo de comer.

—Nosotras no iremos —respondió la mayor—. Que vaya la última a la que tuvo que vigilar.

La hija menor tuvo, pues, que llevarle la comida. Cuando llegó al bosque, le preguntó cómo le iba.

—Muy mal —respondió él.

Ella le pidió que se acercara y comiera algo.

—No puedo —dijo él—. Voy a morir y ya no quiero comer.

La joven le habló con dulzura y le rogó que lo intentara. Finalmente, él se acercó y comió. Cuando terminó, ella dijo:

—Ahora te quitaré los piojos de la cabeza. Después te sentirás mucho mejor.

Mientras le quitaba los piojos, el príncipe se relajó tanto que se quedó dormido. Entonces ella tomó su pañuelo, hizo un nudo y golpeó el suelo tres veces.

—¡Trabajadores, salid! —gritó. Al instante, una multitud de gnomos salió de debajo de la tierra y preguntó a la princesa qué deseaba.

—Dentro de tres horas, todo este bosque debe estar talado y la madera, apilada —ordenó ella.

Los gnomos llamaron a todos sus parientes para que salieran a ayudarlos. Tres horas después, todo estaba listo y fueron a informar a la hija del rey. Una vez más, ella sacó su pañuelo blanco y dijo:

—¡Trabajadores, a casa!

Y todos desaparecieron al instante.

El príncipe despertó y se alegró muchísimo. Ella le dijo:

—Cuando el reloj dé las seis, vuelve a casa.

Él hizo lo que ella le había dicho y el rey le preguntó:

—¿Has talado todo el bosque?

—Sí —respondió el príncipe.

Mientras estaban sentados a la mesa, el rey dijo:

—Aún no puedo darte a mi hija por esposa. Primero tendrás que hacer otra cosa.

El príncipe le preguntó de qué se trataba.

—Tengo un estanque muy grande —dijo el rey—. Mañana por la mañana deberás limpiarlo hasta que brille como un espejo y después llenarlo de peces de todas las especies.

A la mañana siguiente, el rey le entregó una pala de cristal y dijo:

—Debes terminar el estanque a las seis en punto.

El príncipe se marchó y, al llegar al estanque, hundió la pala en el barro. La punta se rompió. Lo intentó entonces con un pico, pero también se rompió y perdió toda esperanza. Al mediodía, la hija menor le llevó comida y le preguntó cómo le iba. El príncipe respondió que muy mal y que seguramente perdería la cabeza.

—Todas las herramientas se me han hecho añicos otra vez.

—Ven a comer algo primero —le dijo ella—. Te sentirás mucho mejor.

—No puedo —respondió él—. Estoy demasiado triste para comer.

Pero ella le habló con tanta dulzura que finalmente se acercó y comió. Una vez más, le quitó los piojos de la cabeza y él se quedó dormido. Entonces tomó el pañuelo, hizo un nudo y golpeó tres veces el suelo.

—¡Trabajadores, salid! —gritó. Al instante aparecieron muchos gnomos y le preguntaron qué quería.

—Dentro de tres horas, el estanque debe quedar completamente limpio y brillar tanto que uno pueda verse reflejado en él. Después tendréis que llenarlo de peces de todas las especies.

Los gnomos se marcharon a buscar a todos sus parientes para que los ayudaran. Terminaron el trabajo en dos horas, regresaron junto a la hija del rey y le dijeron:

—Hemos hecho lo que nos habéis ordenado.

Una vez más, ella tomó el pañuelo y golpeó tres veces el suelo.

—¡Trabajadores, a casa!

Y todos desaparecieron al instante.

Cuando el príncipe despertó, el estanque estaba terminado. Poco antes de marcharse, la hija del rey le recordó que regresara a casa a las seis en punto. A su llegada, el rey le preguntó:

—¿Has terminado el estanque?

—Sí —respondió el príncipe—. Está todo en orden.

Cuando volvieron a sentarse a la mesa, el rey dijo:

—Has terminado el estanque, desde luego, pero todavía no puedo darte a mi hija. Debes hacer una cosa más.

—¿Cuál? —preguntó el príncipe.

—Tengo una gran montaña cubierta de zarzas. Quiero que las cortes todas y que construyas allí el castillo más espléndido que puedas imaginar, con todo el mobiliario necesario en su interior.

A la mañana siguiente, el rey dio al príncipe un hacha y una barrena de cristal y le dijo que debía terminar a las seis en punto. El príncipe intentó cortar la primera zarza, pero el hacha se hizo añicos y la barrena también resultó inútil. Se sintió abatido y esperó a ver si su amada volvía para ayudarlo. Al mediodía, ella llegó con algo de comer. Él fue a su encuentro y le contó lo ocurrido. Después comió, dejó que le quitara los piojos de la cabeza y se durmió. Una vez más, ella tomó su pañuelo y golpeó tres veces el suelo.

—¡Trabajadores, salid! —gritó. Aparecieron de nuevo muchos gnomos y le preguntaron qué quería.

—Dentro de tres horas —ordenó ella—, tendréis que haber cortado todas las zarzas y construido en la montaña el castillo más espléndido que se pueda imaginar, con todo el mobiliario necesario en su interior.

El príncipe duerme mientras la joven mágica hace construir el castillo

El príncipe duerme mientras la joven mágica hace construir el castillo que le han impuesto como última tarea imposible.
Otto Ubbelohde, ilustración para Los hijos de los dos reyes, 1909. Dominio público. Fuente, Wikimedia Commons.

Los gnomos se marcharon a buscar a todos sus parientes y, cuando se cumplió el plazo, todo estaba terminado. Fueron a informar a la hija del rey, que tomó el pañuelo y golpeó tres veces el suelo.

—¡Trabajadores, a casa! —dijo ella, y todos desaparecieron al instante.

Al despertar y ver lo que habían hecho, el príncipe se puso contento como un pájaro en pleno vuelo. El reloj acababa de dar las seis, así que regresaron juntos al castillo. El rey preguntó:

—¿Está terminado el castillo?

—Sí —respondió el príncipe.

Mientras estaban sentados a la mesa, el rey dijo:

—No puedo darte a mi hija menor hasta que se hayan casado las otras dos.

El príncipe y la hija del rey se entristecieron mucho. Él no sabía qué hacer, hasta que una noche fue en busca de la joven y huyeron juntos. Poco después, ella miró atrás y vio que su padre los perseguía.

—¿Qué haremos ahora? Mi padre nos sigue y pronto nos alcanzará. Espera, te convertiré en un rosal y yo me transformaré en una rosa. Así podré ocultarme entre tus ramas.

Cuando su padre llegó allí, solo encontró un rosal con una rosa. Trató de coger la flor, pero las espinas le pincharon los dedos y tuvo que regresar a casa. Su esposa le preguntó por qué no había traído a la pareja. Él contó que había estado a punto de alcanzarlos, pero los había perdido de vista y en aquel lugar solo había visto un rosal y una rosa.

—Si hubieras cogido la rosa —dijo la reina—, el rosal habría venido detrás.

Así que el rey salió de nuevo en busca de la rosa.

Para entonces los jóvenes ya se habían alejado mucho a través de los campos, y el rey tuvo que correr tras ellos. La muchacha volvió a mirar atrás y vio que su padre se acercaba.

—¿Y ahora qué haremos? Espera, te convertiré en una iglesia y yo me transformaré en un predicador. Subiré al púlpito y daré un sermón.

Cuando el rey llegó, encontró una iglesia y, en el púlpito, un predicador dando un sermón. Se quedó a escucharlo y luego regresó a casa. La reina le preguntó por qué no había atrapado a los fugitivos y él respondió:

—He corrido tras ellos durante mucho tiempo. Justo cuando creía haberlos alcanzado, me encontré con una iglesia y un predicador en el púlpito.

—Deberías haber capturado al predicador —dijo su esposa—. La iglesia habría ido tras él. No tiene sentido enviarte otra vez. Iré yo misma.

La reina recorrió un largo camino hasta divisarlos a lo lejos. La joven miró atrás y vio que esta vez era su madre quien se acercaba.

—Ahora sí que estamos perdidos —dijo—. ¡Viene mi madre en persona! Espera, te convertiré en un estanque y yo me transformaré en un pez.

Al llegar la madre, encontró un gran estanque y un pez que saltaba en el centro. El pez asomaba la cabeza, miraba a su alrededor y parecía rebosar de alegría. La reina intentó atraparlo por todos los medios, pero no consiguió sacarlo del agua. Tan furiosa se puso que se bebió todo el estanque para poder cogerlo. Sin embargo, enfermó tanto que tuvo que escupir el agua y devolver entero el estanque.

—Veo que nada puedo hacer contra vosotros.

Al final hizo las paces con ellos y les pidió que regresaran con ella. Los jóvenes aceptaron. Entonces la reina dio tres nueces a su hija y le dijo:

—Te ayudarán cuando más las necesites.

La pareja reanudó el viaje. Tras diez horas de camino, se acercaron al castillo del príncipe y llegaron a un pueblo próximo. Allí él dijo:

—Espérame aquí, querida. Iré primero al castillo y volveré a buscarte con un carruaje y algunos criados.

Todos se alegraron al verlo regresar. El príncipe les contó que su prometida estaba esperando en el pueblo y que quería ir a buscarla en carruaje. Prepararon enseguida el vehículo y varios criados se subieron a la parte trasera. Cuando el príncipe estaba a punto de montar, su madre le dio un beso. En ese instante olvidó cuanto había vivido y lo que se disponía a hacer. La reina mandó desenganchar el carruaje y todos volvieron al castillo.

Mientras tanto, la hija del rey aguardó en el pueblo. Esperó y esperó, convencida de que el príncipe iría a buscarla, pero no llegó nadie. Finalmente entró a trabajar como criada en el molino del castillo. Cada tarde tenía que sentarse junto al río a lavar ollas y calderos. Una mañana la reina salió a pasear por la ribera y, al ver a la hermosa joven, exclamó:

—¡Qué muchacha tan encantadora! ¡Y qué guapa es!

Todos la miraron, pero nadie la reconoció. La hija del rey trabajó fiel y honradamente para el molinero durante mucho tiempo. Entretanto, la reina había elegido para su hijo una esposa procedente de un país lejano. Nada más llegar la nueva novia, se dispuso la boda y acudió una multitud a presenciarla.

La criada preguntó al molinero si podía asistir ella también.

—Claro que sí. Ve —respondió él.

Antes de salir, abrió una de las tres nueces y encontró dentro un vestido precioso. Se lo puso, fue a la iglesia y se quedó cerca del altar. Poco después llegaron los novios y se sentaron frente a él.

Cuando el pastor estaba a punto de bendecirlos, la novia miró hacia un lado y vio a la criada, que parecía una gran dama con aquel vestido. Se levantó y anunció que no se casaría hasta conseguir otro igual. Volvieron, pues, a casa y enviaron a unos criados a preguntarle si quería venderlo. La joven respondió que no estaba en venta, aunque podían ganárselo. Cuando le preguntaron cómo, dijo que se lo entregaría a cambio de pasar aquella noche ante la puerta del príncipe. Aceptaron, pero los criados recibieron órdenes de darle al príncipe una bebida que lo hiciera dormir.

La hija del rey se tendió en el umbral y lloró toda la noche. Por él había hecho talar el bosque, limpiar el estanque y construir el castillo. También los había transformado a ambos en un rosal y una rosa, luego en una iglesia y un predicador, y por último en un estanque y un pez. Sin embargo, él la había olvidado en un instante. El príncipe no oyó nada, pero los criados sí escucharon sus lamentos y no sabían qué pensar.

A la mañana siguiente, la novia se puso el vestido y volvió a la iglesia con el príncipe. Entretanto, la hermosa criada abrió la segunda nuez y encontró en ella un vestido aún más espléndido. Se lo puso, fue a la iglesia y ocupó de nuevo su lugar junto al altar. La historia se repitió.

La criada volvió a pasar la noche ante la puerta del príncipe. Esta vez, sin embargo, los criados no le dieron la bebida que lo hacía dormir, sino otra que lo mantuvo despierto. Ella volvió a llorar y le recordó cuanto había hecho por él. El príncipe lo oyó todo y, al recuperar la memoria, se entristeció. Quiso acudir a ella de inmediato, pero su madre había cerrado la puerta con llave. A la mañana siguiente fue directamente en busca de su amada, le explicó lo ocurrido y le pidió que no se enfadara por haberla olvidado durante tanto tiempo.

Entonces la hija del rey abrió la tercera nuez y encontró un vestido todavía más hermoso que los otros dos. Se lo puso y fue a la iglesia con su prometido. Un grupo de niños se congregó a su alrededor, les ofreció flores y les ató cintas de colores a los pies. Recibieron la bendición y celebraron una boda llena de alegría. La falsa madre y la falsa novia fueron expulsadas.

Y los labios de la última persona que contó esta historia todavía están calientes.

Retrato de Jacob y Wilhelm Grimm, pintado por Elisabeth Jerichau-Baumann en 1855

Retrato de los hermanos Jacob Grimm (a la derecha, de perfil) y Wilhelm Grimm (a la izquierda, de frente) en sus últimos años. Wilhelm murió en 1859, cuatro años después del retrato, a los 73 años, y Jacob en 1863. Están enterrados uno junto al otro en el antiguo cementerio de San Mateo, en el distrito berlinés de Schöneberg. Pintura de Elisabeth Jerichau-Baumann, 1855. Alte Nationalgalerie, Berlín. Dominio público.

Un poco de historia sobre los hermanos Grimm

Ludowine von Haxthausen, de quien los Grimm recogieron Los hijos de los dos reyes, fue una de sus informantes y una figura singular para su época. Cuando les transmitió sus relatos, debía de tener dieciséis o diecisiete años. Pertenecía a los Haxthausen de Paderborn, una familia de la pequeña nobleza. Más tarde se convirtió en la última canonesa de la fundación religiosa de Geseke, que acogía a mujeres solteras de familias nobles. También formó parte del círculo romántico de Bökendorf y dirigió un hospital, un orfanato y una escuela gratuita (Uther 2013; Zipes 2014).

La familia Haxthausen fue una de las principales fuentes de los Grimm, interesados como lingüistas en recoger su dialecto bajo alemán. A lo largo de su carrera recibieron relatos de informantes de distintas clases sociales, edades y géneros. Había hombres y mujeres, burgueses y vagabundos, criadas y nobles. En consonancia con su formación romántica, atribuían a las clases populares la conservación de un habla más genuina y de las raíces del espíritu del pueblo alemán. Creían que la industrialización y la modernidad amenazaban una supuesta esencia espiritual alemana, idealizada por ellos y asociada con personas marginadas, habitantes de los bosques, pobres y ancianos, con oficios como el pastoreo y la pesca, y con regiones montañosas o pueblos apartados (Bottigheimer 1987; Zipes 2002).

Animados por mentores y amigos como los poetas Achim von Arnim y Clemens Brentano, comenzaron a reunir testimonios folclóricos movidos, en un principio, por un interés sobre todo lingüístico y filológico. La primera edición llegó a pocos lectores y tuvo escaso éxito. El fracaso los afectó profundamente y pensaron en dedicarse exclusivamente a sus trabajos habituales. Su numerosa familia había quedado en una situación económica difícil tras la muerte del padre, y a ellos, los hermanos mayores, les correspondía mantenerla. Sin embargo, gracias al apoyo de sus amigos y pese a las dificultades económicas, no abandonaron su pasión (Uther 2013; Zipes 2002).

A partir de la segunda edición, muy ampliada y reelaborada, la colección fue ganando lectores y se convirtió en un modelo para numerosos folcloristas europeos. Entre 1812 y 1857 aparecieron siete ediciones de la Grosse Ausgabe, la «edición grande», todas distintas. Los Grimm incorporaron cuentos, suprimieron otros y reescribieron los textos hasta fijar un corpus de doscientos cuentos y diez leyendas infantiles. De ahí el especial valor de la primera edición. Sus relatos no son transcripciones intactas de la tradición oral, pero permiten leerlos antes de muchas de las intervenciones estilísticas, morales y religiosas posteriores (Bottigheimer 1987; Bottigheimer 2009; Tatar 2003; Uther 2013; Zipes 2002; Zipes 2014).

La colección acabó de conquistar al público familiar con la Kleine Ausgabe, la «edición pequeña», publicada en 1825. Reunía cincuenta cuentos, prescindía del aparato crítico de la edición grande y estaba ilustrada por el hermano menor, el artista y grabador Ludwig Emil Grimm. A menudo olvidado, este tercer hermano contribuyó a establecer un modelo muy influyente para la ilustración de los cuentos del siglo XIX. La selección y reelaboración de los textos buscaban acercarlos al público familiar, una labor editorial en la que Wilhelm desempeñó un papel especialmente importante. Las adaptaciones inglesas de Edgar Taylor, iniciadas en 1823, y las posteriores traducciones francesas también fueron decisivas para la difusión internacional de la obra (Duggan 2014; Tatar 2003; Uther 2013; Zipes 2002).

A través de esa circulación europea, los cuentos de los Grimm llegaron a folcloristas como Maspons, que los tomó como uno de los modelos de Lo rondallayre. Su influencia también se advierte en grandes recopiladores del siglo XIX, como el ruso Afanásiev, los noruegos Asbjørnsen y Moe, el bretón Sébillot o el siciliano Pitrè, amigo de Maspons, con quien mantuvo una larga correspondencia. Estos repertorios dieron especial visibilidad al cuento maravilloso, aunque también incluían relatos de animales, cuentos religiosos, humorísticos y de otros géneros. La proyección internacional del cuento de magia ha sido tan grande que todavía hoy muchos lectores lo identifican con la totalidad del folclore narrativo, pese a que constituye solo una parte de su amplia diversidad (Duggan 2014; Maspons i Labrós 2010; Oriol 2012; Zipes 2015). Por todo ello, estoy convencido de que los hermanos Grimm fueron los primeros y más importantes folcloristas de Europa, por la huella que dejaron y por el camino que abrieron a quienes vinieron después.

Breve análisis del motivo D2003, La novia olvidada

Volvamos al motivo D2003 y a la segunda parte del antiguo AaTh 313C. Una vez que la pareja ha escapado de los infiernos, el hada advierte al muchacho que no debe abrazar ni besar a nadie [C120, D2004.2], pues olvidaría tanto a la joven como su viaje al otro mundo. El olvido mágico tras un renacimiento o un regreso del otro mundo aparece en muchos relatos. Pensemos, por ejemplo, en el mito de Er, narrado en el libro X de la República de Platón, donde las almas beben en la llanura del Olvido antes de renacer (Platón 1992, libro X; Eliade 1963, 333–335). En estos cuentos suele ser la madre del joven, la reina de aquel país, quien lo abraza. Que el beso o el abrazo provenga de la madre refuerza, de algún modo, la idea de renacimiento. Aquí comienza una nueva historia, casi como si otro cuento se encadenara al anterior. La joven mágica pasa a ocupar claramente el centro del relato, si es que no lo ocupaba ya en la parte ambientada en los infiernos, como vimos en Blancaflor.

Como consecuencia de haber roto el tabú que le impuso el hada, es decir, de ese renacimiento, el joven olvida el descenso a los infiernos, las tareas imposibles, la prueba del abismo y a la propia joven mágica, su gran amor. Algunas versiones cuentan, además, que ha pasado años en los infiernos [D2011], aunque cree que solo han transcurrido unos días. Su familia está muy preocupada y en alguna versión incluso lo da por muerto (Goldberg 1992; Uther 2004). Cuando regresa, sus padres se apresuran a buscarle esposa, pues ya no es el niño que se marchó. Es un hombre adulto y, según las costumbres de la época, conviene encontrarle pronto una pareja adecuada y celebrar un buen matrimonio. Pero él ya está casado con el hada.

Entra entonces en juego el motivo de la falsa novia, K1911, y en particular el submotivo K1911.1.1, en el que una impostora ocupa el lugar de la verdadera novia camino de la boda. En AaTh 313C, sin embargo, el papel de la segunda novia es bastante distinto y por lo general más pasivo. Salvo en algunas variantes en las que sí actúa con malicia, no conspira para arrebatarle el marido a la protagonista, como sucede en versiones de ATU 403, La novia blanca y la novia negra (Uther 2004). Puesto que no suele ser un personaje malvado, a menudo recibe un pequeño regalo o una recompensa al final, mientras que la usurpadora de ATU 403 recibe un duro castigo. En Los hijos de los dos reyes, la madre y la falsa novia son expulsadas, aunque aquí la verdadera antagonista es, sin duda, la madre.

Antes de que el joven se case con la pretendiente elegida por la reina, el hada afronta otra serie de pruebas que da lugar a un nuevo arco narrativo. Las pruebas varían de una versión a otra, pero lo habitual es que entre a trabajar como criada en el palacio del muchacho y recurra a la magia para devolverle la memoria [D2006.1] (Goldberg 1992). Entre otras cosas, puede hacer bailar y cantar a animales mágicos ante él, generalmente aves o serpientes parlantes [D2006.1.3]. En diversos imaginarios antiguos, estos animales se relacionan con el mundo subterráneo y con el genius o agathos daimon, el espíritu tutelar que ella misma encarna. Tal vez al mostrárselos le recuerde quién es.

En otras versiones, la joven mágica le muestra el anillo que rescató del abismo y el fragmento del dedo que perdió allí. Esta escena refuerza una idea que ya expuse en Blancaflor. La prueba del abismo y el anillo quizá apunten a una hierogamia o matrimonio sagrado. Sea como fuere, el joven recupera la memoria [D2006] y se casa con ella (Goldberg 1992).

El motivo D1971 y ATU 425, La búsqueda del marido perdido

En lugar de los animales mágicos puede aparecer, aunque con menos frecuencia, D1971, un motivo que suele vincularse a K1911. La protagonista utiliza objetos maravillosos o vestidos mágicos que la hacen cada vez más hermosa. La envidia que despiertan en la otra pretendiente pone de manifiesto que esta no es la pareja destinada al muchacho. La falsa novia no es la mujer que le corresponde. La protagonista puede intercambiar cada uno de los tres objetos o vestidos por una noche en la habitación de su amado —y, presumiblemente, por la posibilidad de mantener relaciones sexuales con él, aunque el cuento no lo diga—. Sin embargo, la falsa novia le da una poción que lo deja dormido e impide el encuentro. La tercera y última noche, un criado, una criada o un amigo avisa al joven. Él no bebe la poción y despierta. Al encontrarse con la protagonista en la cama y, supuestamente, consumar así su matrimonio, recupera la memoria [D1978.4].

En Los hijos de los dos reyes, el episodio es más pudoroso y breve. La muchacha pasa dos noches ante la puerta del joven y reserva el tercer vestido, el más hermoso, para casarse con él. Hay cierta incongruencia narrativa. Los criados oyen sus gritos y llantos la primera noche, y la segunda, movidos por la compasión, le dan al príncipe una bebida para mantenerlo despierto. Cabe plantear, como hipótesis, que esta solución casi propia de un deus ex machina se incorporara en algún momento a la historia para atenuar sus connotaciones sexuales. No es posible confirmarlo.

La versión de los hermanos Grimm presenta otros detalles muy particulares. Por ejemplo, el antagonista aparece primero como un ciervo y luego como un hombre enorme, parecido a un ogro. Su condición de cambiaformas permite entenderlo como un hechicero. El episodio del anillo y el descuartizamiento no aparece en esta versión. Quizá se omitió por ser demasiado violento o quizá se trate, sencillamente, de otra variante.

Pero el detalle en el que quiero detenerme ahora son las escenas con san Cristóbal. Cristóbal es un mártir representado como un gigante bondadoso, un hombre muy alto y corpulento que lleva un árbol en flor, imagen vinculada a su vida y a sus milagros. Desea servir al rey más poderoso de la tierra, pero, al descubrir que este teme al Diablo, decide servir al propio Diablo. Más tarde vive con una banda de criminales y participa en sus fechorías, pero descubre que el Diablo teme al Niño Jesús y decide entonces servir a Jesús. Un sabio ermitaño le aconseja que, dada su enorme estatura, se establezca junto a un río caudaloso y ayude a los peregrinos a cruzarlo. En una escena muy conocida en Europa, lleva al Niño Jesús a la espalda para cruzar el río y, al día siguiente, el tronco seco que lleva cobra vida y se convierte en un árbol lleno de hojas. Es entonces cuando se bautiza y cambia su nombre de Réprobo por el de Cristóbal, «el portador de Dios» (Voragine 2012, 396–400).

En el cuento, san Cristóbal actúa como un guardián del umbral que vigila la entrada a los lechos de las hermanas y recuerda así su función hagiográfica de ayudar a los peregrinos a cruzar el río. Aquí también ayuda al joven a atravesar un paso peligroso, evocando las connotaciones acuáticas de las hermanas, que ya mencioné en la entrega anterior, dedicada a Blancaflor. No se nos dice por qué ellas lo ayudan encantando la estatua de san Cristóbal. La prueba impuesta por el hechicero consiste en permanecer despierto o alerta toda la noche y poder responder cuando lo llame. Ellas lo ayudan, sin más explicaciones, para que pueda pasar la noche sin responder a su padre y dormir tranquilo o estar con ellas. La escena en que su magia da vida a la estatua recuerda vagamente lo que se decía que hacían los paganos y que la Iglesia condenó con fuerza durante los primeros siglos del cristianismo, al considerar que dotaban de conciencia a las estatuas de los dioses o a otros objetos, como las rocas, e incluso a seres vivos, como ciertos árboles (Asclepius 1992, 24, y Agustín 1998, VIII, 23–24). Esta práctica se critica en numerosas hagiografías, como la primitiva de san Jorge en Capadocia, en la que el santo es taumaturgo y todavía no es caballero ni aparece el dragón.

Sea como fuere, la escena refleja la del final y da al cuento una estructura circular. Primero es el protagonista quien pasa dos noches a la puerta de las hermanas. Al final es ella quien permanece a la puerta de él. Esta estructura circular ofrece una hermosa imagen del vínculo y el destino que los unen. Al fin y al cabo, como ya comenté, el hada recuerda a las diosas triples del hado, del destino. Por eso aparecen en grupos de tres. Las tres hermanas son, a la vez, tres y una.

D1971 es más frecuente en tipos como ATU 403 o ATU 425, La búsqueda del marido perdido. Tal vez la cercanía entre sus temas y episodios, en los que la joven mágica intenta recuperar la memoria de su marido, haya favorecido el intercambio de motivos entre estos cuentos. A esta familia narrativa pertenecen subtipos tan conocidos como ATU 425A, El prometido animal, y ATU 425C, La bella y la bestia.

El relato de Cupido y Psique —el amor y el alma—, incluido en Las metamorfosis de Apuleyo, también conocidas como El asno de oro, es uno de sus paralelos literarios más antiguos y data del siglo II d. C. Una anciana se lo cuenta a Cárite, una joven de familia acomodada que ha sido secuestrada, y a Lucio, el protagonista, transformado en asno, en la cueva donde los ladrones los mantienen cautivos. En la segunda parte del relato, Psique debe superar varias tareas imposibles y descender a los infiernos para recuperar el amor de Cupido tras quebrantar la prohibición que él le había impuesto de mirarlo directamente. El motivo recuerda asimismo al de el hada Melusina y a su versión rural, la leyenda de la mujer de agua y el campesino (Apuleyo 1929, libros IV–V; Apuleyo 1931, libro VI). Esta trama de motivos y tipos narrativos nos devuelve a la idea del encuentro con el alma, que comenté en Blancaflor y que también ha ido apareciendo a lo largo de esta entrada.

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