Cuentos populares, Hadas, Infantiles, Últimas

Blancaflor y la huida mágica (ATU 313) — Cuentos I

Una parella envoltada de criatures en una il·lustració d’El castell d’Iràs i no en Tornaràs

Vicens Nubiola, ilustración de El castell d’Iràs i no en Tornaràs, 1924.
Variante catalana relacionada con el tipo ATU 313. Biblioteca de Catalunya. Dominio público.

Esta es la primera entrada que dedico a publicar íntegramente cuentos populares catalanes y de otros lugares del mundo. Cada uno irá acompañado de un breve análisis y de un estudio comparativo con otro cuento del mismo tipo. Blancaflor apareció en 1871 en el primer volumen de Lo rondallayre, de Francesc Maspons i Labrós (Maspons i Labrós 2010, p. 123–127). Maspons fue el primer folclorista catalán que reunió en una sola obra una amplia colección de cuentos y algunas leyendas locales, tras varias tentativas y pequeñas publicaciones de autores y eruditos como Milà i Fontanals, y los proyectos de recopilación que dejaron inconclusos el mallorquín Marià Aguiló y el poeta Jacint Verdaguer. Blancaflor es una versión sencilla que ofrece una imagen clara del tipo ATU 313 y, por ello, resulta ideal para acercarse a La huida mágica, un tipo conocido en Cataluña como El castell d’iràs i no tornaràs (El castillo de irás y no volverás, que también tiene variantes en español). Está muy extendido por Europa y el resto del mundo y presenta numerosas variantes y subgrupos.

Retrato del escritor y folclorista Francesc Maspons i Labrós

Ramon Casas, Retrato de Francesc Maspons i Labrós.
Museo Nacional de Arte de Cataluña. Dominio público.

Blancaflor

Érase una vez unos gigantes muy ricos y poderosos que tenían tres hijas, la mayor, la mediana y la pequeña. Esta última era hermosa como el sol y se llamaba Blancaflor.

Un día pasó por allí un príncipe de una tierra vecina y se enamoró tanto de la muchacha que, con su consentimiento, fue a pedirles su mano a sus padres. Pero ellos no querían dársela porque le habían tomado aversión. Sus hermanas la envidiaban y siempre indisponían a los padres contra ella. Aun así, el príncipe no se dio por vencido. Al ver su insistencia, los gigantes le dijeron que podría casarse con la hija que quisiera, pero antes tendría que convertir un bosque muy espeso en tierras de cultivo. Y no bastaba con eso, debía sembrar trigo, hacer que creciera y espigara, segarlo, trillarlo y aventarlo, y llevar todo el grano al desván a la mañana siguiente.

El príncipe quedó aterrado y abatido, pero fue a ver a Blancaflor, que le dijo

—No te asustes. Toma este canuto lleno de agujas. Ve al bosque y espárcelas bien. De cada una saldrá un hombre. Unos talarán los árboles, otros sembrarán el trigo y otros lo segarán. Después lo trillarán y, mañana por la mañana, tendrás todo el grano en el desván de mis padres.

Y así fue. Parecía que la tierra entera se agitara para ayudar al príncipe. ¡Qué ir y venir de hombres! Los gigantes no sabían qué ocurría, pero estaban furiosos y le dijeron

—No te daremos a ninguna de nuestras hijas si mañana por la mañana no nos traes el anillo que perdió nuestra abuela en el fondo del mar.

El príncipe volvió a quedarse sin palabras de la pena y fue a contárselo a su amada. Ella le dijo

—No te asustes. —Entonces tomó un águila y le preguntó—. Águila, buena águila, ¿querrías llevarnos a buscar el anillo de la abuela?

Y el águila respondió

—Os llevaré, pero tenéis que darme carne cada vez que os la pida. Si me falta, caeremos todos al mar y nos ahogaremos.

La princesa cogió un cordero, montaron sobre el águila y volaron y volaron mar adentro, hasta que divisaron una isla. Pero el águila había pedido tanta carne que apenas les quedaba, y el cansancio empezaba a hacer más lento el batir de sus enormes alas.

—¡Dadme más carne! —Los enamorados no sabían qué hacer.

—Águila, buena águila, haz un último esfuerzo, ¡ya estamos llegando a la isla!

En la isla encontraron a un pastor, le compraron un cordero y el águila recobró las fuerzas. Entonces Blancaflor le dijo al príncipe

—Coge dos barreños y descuartízame por completo. No tengas miedo, volveré a la vida. Echa mi sangre en uno y mi carne en el otro. Pero procura que no caiga nada al suelo, porque después me faltaría. Cuando hayas terminado, mete la sangre en una botella y la carne en otra, y arroja las dos al lugar más profundo del mar.

El príncipe hizo cuanto ella le había indicado y las botellas se hundieron en el fondo del mar, que de pronto se agitó. Al cabo de un rato, la princesa emergió de las olas, tan hermosa como antes, con el anillo de su abuela en la mano, cuajado de rubíes y piedras preciosas. Solo le faltaba un trocito del meñique de la mano derecha, porque, cuando el príncipe la descuartizó, una gota de sangre cayó al suelo.

Volvieron a montar sobre el águila, que voló y voló mar adentro hasta llevarlos de regreso a su tierra. Los gigantes no podían creer lo que veían. Con todo, le dijeron al príncipe

—No te daremos a ninguna hija si no domas al caballo salvaje del establo.

El príncipe volvió a creer perdida toda esperanza, pero Blancaflor le dijo

—El caballo es mi padre, la silla es mi madre, las espuelas son mis hermanas y yo soy la brida. Sujétame siempre con firmeza y guíalo como quieras. Si hace falta, apaléalo hasta domarlo, pero ten mucho cuidado de no golpear la brida.

El príncipe montó y el caballo empezó a encabritarse y a dar violentos saltos de un lado a otro. Al príncipe no le quedó más remedio que apalearlo hasta domarlo. Entonces se lo presentó al padre, que estaba molido y echaba chispas de rabia.

—Hay alguien aquí que sabe más que nosotros y tengo que matarlo. Te he prometido a una de mis hijas, pero no sabrás cuál escoges. Las tres sacarán la mano por el hueco de la carbonera y aquella cuya mano toques será tu esposa.

El príncipe se entristeció, convencido de que no sabría reconocer la mano de Blancaflor, pero ella le dijo

—Palpa las tres manos por encima de los guantes. Cuando encuentres la que tiene el dedo incompleto, tira de ella. Esa será la mía.

Así lo hizo el príncipe y Blancaflor fue la elegida.

Al verlo, el gigante, fuera de sí, decidió matar al príncipe y a su odiada hija. Ellos lo descubrieron y resolvieron huir. Cogieron dos odres, los llenaron de vino y azúcar y los dejaron en sus respectivas camas. Después, Blancaflor le dijo al príncipe

—Ve al establo. Hay tres caballos muy flacos. Escoge el más escuálido y desmejorado. No te equivoques, o estaremos perdidos.

El príncipe fue al establo, pero el caballo más flaco estaba tan maltrecho que apenas se tenía en pie. Pensó que sería imposible escapar sobre aquel animal y eligió otro que estaba un poco menos flaco. En cuanto Blancaflor lo vio, se angustió al comprender que corrían peligro

—¡Pobres de nosotros! ¿Qué has hecho? De los tres caballos flacos, el que has traído corre como el viento, el otro corre como el rayo y el más flaco y desmejorado corre como el pensamiento. Cuando mi padre descubra que hemos huido, montará en este último y enseguida nos alcanzará.

Aun así, montaron en el caballo. Blancaflor escupió tres veces en el suelo y se alejaron al galope.

Al caer la noche, los gigantes y sus otras dos hijas cogieron puñales para matar a Blancaflor y al príncipe.

—¡Blancaflor! —llamaban. Y los escupitajos respondían

—¿Qué queréis?

—Todavía está despierta…

Al cabo de un rato volvieron a llamar

—¡Blancaflor! —Y los escupitajos respondían

—¿Qué queréis?

Pero, a medida que se secaban, sus respuestas sonaban cada vez más débiles, hasta que dejaron de contestar.

—Ya están dormidos. —Entraron en la habitación de la muchacha y asestaron una puñalada a los bultos que había en las camas. Al ver que todo salpicaba, dijeron—. ¡Qué dulce era su sangre!

A la mañana siguiente fueron a buscar los cadáveres. ¡Qué rabia y qué sorpresa cuando descubrieron el engaño!

—Hija mayor, ve a ver qué caballo se han llevado del establo.

—Padre, el que corre como el viento.

—Entonces estamos salvados. Monta y ve tras ellos.

La joven montó en el caballo que corría como el pensamiento y enseguida los alcanzó.

—¡Ay, Blancaflor, viene tu hermana mayor y ya nos alcanza!

—No te asustes. Toma este anillo de oro y tíralo al suelo cuando esté a punto de alcanzarnos. Aparecerá una capilla. Yo seré la Virgen María y tú serás el sacristán y tocarás las campanas para llamar a misa. A todo lo que te pregunte, contesta «Ya sale el cura, ya empieza la misa».

—Buen ermitaño, ¿habéis visto pasar por aquí a un joven y una muchacha que iban huyendo?

—Ya sale el cura, ya empieza la misa.

—Eso no es lo que os pregunto. ¿Habéis visto pasar a un joven y una muchacha que iban huyendo?

—Ya sale el cura, ya empieza la misa.

Enfadada porque no había conseguido sacarle nada, la joven regresó al castillo de su padre.

—Ve tú ahora, hija mediana. A ver si también se te escapan.

—¡Ay, Blancaflor, tu otra hermana ya nos alcanza!

—Tira este chal mío al suelo. Yo me convertiré en una cesta llena de peras y tú las venderás. A cuanto te pregunten, contesta «Estas a cuatro, aquellas a cinco».

Y llegó la hermana mediana.

—Buen hombre, ¿me diríais si habéis visto pasar por aquí a un joven y una muchacha que iban huyendo?

—Estas a cuatro, aquellas a cinco.

—No, buen hombre, eso no es lo que os pregunto. ¿Habéis visto a un joven y una muchacha que iban huyendo?

—¡Que estas a cuatro y aquellas a cinco!

Como no consiguió sacarle nada más, la muchacha dio media vuelta. Al verla regresar también sola, el gigante montó enseguida a caballo y, en un instante, alcanzó a los fugitivos.

—¡Ay, Blancaflor, ahora sí que estamos perdidos! ¡Es tu padre quien nos alcanza!

—Tira este peine de oro al suelo y aparecerá un gran fuego.

Cuando el gigante estaba a punto de alcanzarlos, tiraron el peine al suelo. Surgió un gran fuego, pero el caballo que corría como el pensamiento lo atravesó y enseguida volvió a acercarse a ellos.

—¡Blancaflor, estamos perdidos! ¡Tu padre ya está aquí otra vez!

Ella se quitó una zapatilla y le dijo

—Cuando esté a punto de atraparnos, tira la zapatilla al suelo y aparecerá un mar inmenso.

Apareció el mar y ellos quedaron en la otra orilla. Aunque el caballo que corría como el pensamiento también logró cruzarlo, Blancaflor y el príncipe ya habían llegado al reino de este y el gigante no pudo hacer nada. Los enamorados se casaron, fueron muy felices y vivieron muchos años.

Breve introducción a ATU 313

La estructura general de ATU 313 varía mucho de una versión a otra. En muchas, un joven destinado a morir, o que de algún modo ha perdido o vendido su alma [S211, S221, S240], a menudo porque sus padres se la han prometido al Diablo, debe viajar a otro mundo o a un lugar infernal, agreste, onírico o peligroso para recuperar el alma o salvar la vida. El señor de ese lugar —el Diablo, la Muerte, un ogro o una ogresa caníbal, un gigante, un hechicero u otra figura maléfica— le impone una serie de tareas físicamente imposibles [G465, H1010]. Si fracasa, lo matará o se quedará para siempre con su alma. Si las cumple, podrá marcharse y casarse con una de sus tres hijas. La menor, dotada de un gran poder mágico y enamorada del joven [F301, N813, N815], lo ayuda a superar las pruebas. Esta síntesis recoge el núcleo más habitual del tipo, aunque no todas las variantes incluyen todos esos episodios (Thompson 1977, p. 88–90; Uther 2004, p. 194–197).

En un grupo muy extendido de variantes, la muchacha aparece ligada al agua. Se la presenta bañándose en pozas, pozos o fuentes, y domina los elementos, en especial el agua. Se manifiesta como un ser mágico y sobrenatural, capaz de controlar la materia y las transformaciones. Se aprecia, por ejemplo, cuando utiliza un objeto mágico que recuerda por su función al canuto o la cajita de los menairons, de donde sale una multitud de pequeños espíritus para realizar las tareas imposibles y que desde sus orígenes se relaciona con los genios o demonios de la tierra y con la brujería popular.

En Blancaflor, esa naturaleza se revela especialmente en la que suele ser la última prueba imposible. Se trata de recuperar el anillo perdido en el fondo del océano, una de las escenas más habituales y memorables del cuento, junto con la huida mediante transformaciones. La muchacha le pide a su amado que la descuartice y arroje los pedazos al agua. Él se resiste, pero acaba obedeciendo, y ella renace de las profundidades con el anillo. Solo le falta un trocito de dedo porque una gota de sangre ha caído al suelo. Desde una lectura metafórica, el episodio vuelve a asociarla con las aguas entendidas como caos o potencia primordial (Eliade 1959, p. 130–131). La joven ha de sumergirse en ellas, deshacerse y recomponerse para unirse al muchacho. Parece significativo que esta sea la última prueba y que en ella aparezca el anillo, pues sella la unión de ambos como una suerte de matrimonio sagrado.

Otro detalle apunta en esa dirección. A lo largo del cuento, la motivación inicial —la pérdida del alma del protagonista o su deseo de escapar de la muerte y del infierno— parece desvanecerse. No suele volver a mencionarse en las versiones de La huida mágica. En realidad, al unirse con el hada o muchacha mágica, el protagonista recupera su alma, o una parte de ella. Por eso deja de mencionarse, porque ese proceso es precisamente el que tiene lugar.

Así, el joven supera las pruebas porque la muchacha mágica las resuelve por él (Ellis Davidson 2002, p. 99–100). Si consideramos protagonista a quien impulsa de manera decisiva la acción, ella es la verdadera protagonista del cuento. Él, en cambio, aparece definido por contraste con sus capacidades. Mientras ella es fuerte, valiente y no se rinde, él tiende al llanto e incluso a la cobardía. Es, literalmente, como un niño, infantil y torpe. Ella hace las veces de «conciencia», de ánima, le infunde esperanza y lo levanta cuando cae. Según una posible lectura iniciática, el muchacho aún está «incompleto». Debe superar las pruebas del otro mundo, unirse a ella y acceder finalmente a la vida adulta a través del matrimonio (Holbek 1987). Esta lectura puede coexistir con otras interpretaciones del cuento.

La muchacha mágica prepara un hacha de cristal en una ilustración de una variante de ATU 313

John D. Batten, The Master-Maid with the Glass Axe, 1916.
Ilustración de otra variante internacional de ATU 313. Dominio público.

La huida mágica y otros motivos

Tras superar las pruebas, los enamorados huyen del territorio dominado por el antagonista y regresan a su propio mundo. En muchas versiones, antes de escapar deben escoger uno de tres caballos mágicos, y el muchacho se equivoca porque desoye las instrucciones de ella. Es el único momento en que no confía en la joven. Entonces llega el episodio más característico y emocionante del cuento, el que da nombre al tipo. Para eludir la persecución del padre —o, en algunas variantes, de la madre, de quien se dice que es aún más poderosa— y reparar el error del muchacho, la joven se transforma a sí misma y transforma a su amado en diversos objetos, animales o personas para engañar al perseguidor [D670, D671]. En otras versiones, arroja semillas, frutos u objetos asociados con las brujas benéficas o las hadas —un espejo, un peine, un velo…— que se convierten en grandes obstáculos [D672]. En la narración oral, una secuencia así propicia los gestos, los cambios de ritmo y la expresividad de la voz, ya que cada narración cobra forma en la interpretación ante el público (Bauman 1984; Thompson 1955–1958; Underberg 2005).

El motivo de la huida mágica mediante transformaciones, D671, se documenta en cuentos, baladas y leyendas de tradiciones muy diversas. Su amplia difusión y su presencia en fuentes antiguas apuntan a una larga historia. Aunque la distribución geográfica no permite por sí sola fechar un motivo sin estudios filogenéticos, sí sugiere una tradición prolongada (Puchner 1999; Underberg 2005). Entre los paralelos antiguos figura la huida de Jasón y Medea tras conseguir el vellocino de oro, que comparte el esquema de la hija de un poderoso antagonista que ayuda al héroe y huye con él a través de las aguas (Apolonio de Rodas 1997, libro IV). También puede compararse D671 con la persecución del relato galés de Taliesin, donde el bardo huye de la hechicera Ceridwen tras probar tres gotas del awen —la inspiración o facultad creadora— de su caldero (Ford 1977). El Romance del conde Olinos, en cambio, no presenta propiamente una huida mágica en vida. Sus transformaciones se producen tras la muerte de los amantes, que adoptan distintas formas para escapar de la reina malvada, por lo que constituye un paralelo más lejano (Díaz-Mas 1994). Es probable que D671 sea un motivo muy antiguo.

En algunas versiones de ATU 313 aparece también el águila mágica que transporta al héroe y que, cuando se agotan las provisiones, puede exigir que la alimenten con una parte de su cuerpo [B322.1, B455.3]. El vuelo a lomos de un águila gigantesca es un tema arcaico. Ya se encuentra en el mito mesopotámico del rey Etana, que alimenta al águila con carne (Dalley 2000, p. 189–202). Esta combinación reaparece en diversas versiones y forma el núcleo de un tipo propio, ATU 537, El vuelo del águila. En la tradición catalana, el motivo B322.1 se distribuye entre distintos tipos, pero el índice de Oriol y Pujol no registra ATU 537 como tipo independiente (Oriol y Pujol 2003).

La muchacha mágica y la prueba del abismo

El personaje más fascinante del cuento es su protagonista, la ingeniosa y hábil muchacha mágica, a menudo llamada simplemente «Hada». Puede interpretarse como una figura semejante al hada protectora de los relatos caballerescos. Pensemos, por ejemplo, en el medieval Lai de Lanval, donde la amada sobrenatural protege al héroe e interviene en su destino (Lecouteux 1999, p. 93–94). Los lais de María de Francia, compuestos en el siglo XII, mantienen además una estrecha relación con los relatos de tradición oral (Burgess y Busby 1986). Desde otra perspectiva, la muchacha mágica puede verse como un reflejo cercano y familiar de las señoras del destino, que aparecen de tres en tres, como las hermanas del cuento. Puede representar un espíritu protector del linaje, una parte del alma del protagonista, su doble, su genius o espíritu tutelar. Al mismo tiempo, como las hadas de los relatos caballerescos, es su amada y, literalmente, su destino. Amor y destino están unidos de forma inseparable en numerosos relatos tradicionales desde la Antigüedad.

Así pues, el muchacho pierde el alma y «muere» al descender a los infiernos, para recuperarla y regresar transformado, iniciado y preparado para afrontar la vida adulta. Cuando descuartiza a la muchacha para que muera y renazca, en cierto sentido —aunque no solo en ese— hace lo mismo consigo mismo, con una parte de su alma que debe morir y volver renovada a la vida tras descender a las profundidades abisales. Según esta interpretación, la «prueba del abismo» es la última de las tareas impuestas. Él debe renunciar a la muchacha y dejar atrás su ego infantil para construir uno nuevo. Solo entonces podrá unirse a su «santo ángel custodio». En muchas sociedades, el matrimonio ha señalado ritualmente el acceso a una nueva condición adulta. Es también la culminación de ATU 313 y de otros cuentos que tratan el mismo tema (van Gennep 1960; Holbek 1987).

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